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Viernes, 3 de febrero de 2012

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Crítica

No leas a Shakespeare en español

Por Mariano Antolín Rato

El famoso profesor y crítico literario americano Harold Bloom siempre resulta estimulante, sus obras suelen constituirse en referencias inevitables y, en fin, es uno de esos autores que compensa leer incluso cuando se ocupa de temas bíblicos que, como es mi caso, quedan lejos de los intereses personales inmediatos. Pero también tiene un punto provocativo que, si bien suele hacerle atractivo, en ocasiones resulta un tanto cargante. Eso queda de manifiesto a la hora de ocuparse de la literatura escrita en español. Y muestra de ello fueron los análisis que hizo de los escritores hispanos en su famoso El canon occidental, un libro de 1994, que tanto eco tuvo por aquí, en especial por las ausencias, injustificadas desde cualquier punto de vista, de algunos autores.

Bien, pues parece que ahora vuelve a las andadas en el más reciente, Anatomía de la influencia. Acaba de editarlo Taurus, en traducción de Damián Alou. El título remite al de otro de sus clásicos, imprescindibles y polémicos, La ansiedad de la influencia, de 1973. Aún no me he puesto con el más reciente de Harold Bloom, así que sólo sé de él por reseñas —básicamente las de publicaciones americanas—, y entrevistas. Es una de éstas, que le hizo Anna Grau en el suplemento cultural del diario ABC, de Madrid, el 15 de octubre pasado, la que motiva el título elegido.

Allí, después de aleccionarnos sobre que «Shakespeare y Cervantes son lo mismo. Comparten el mismo nivel de grandeza», Bloom suelta: «A mí no me consta que existan traducciones de Shakespeare el español  lo suficientemente buenas. Entonces, mi consejo para un lector español es que lea a Cervantes». De ese modo, priva implícitamente a los que no dominen la lengua del Imperio —hoy algo maltrecho—, del disfrute de algunas de las obras más apasionantes, si no las más, de la historia literaria. Pero es que, además, se carga, y se queda tan tranquilo, las numerosas versiones que se han hecho de Shakespeare al español.

Supongo que los autores de ellas, si tienen ganas, no tardarán en refutar semejante boutade —por no emplear una palabra más fuerte; mi respeto por Harold Bloom me lo impide—. Pero, de momento, se me echa encima la versión que Astrana Marín hizo de las completas para Aguilar, que supuso mi iniciación casi traumática en Shakespeare, origen de una admiración ilimitada que, después de haberlo leído traducido por otros autores o en el original, conservo.

Claro que el Shakespeare de Astrana Marín suena a romántico, pero así se leía en el siglo xix. Y después, en el prólogo a los certeros análisis de las tragedias que hizo Wilson Knight, en La rueda de fuego, T. S. Eliot afirma de la obra de Shakespeare: «Si la vivimos por completo no necesitaremos interpretación, pues es nuestra forma vivir». O que en 1961, Jan Kott, en su estimulante Shakespeare, nuestro contemporáneo —recientemente reeditado por Alba—, insista en compararlo con Samuel Beckett. O para terminar con erudiciones que empezaban a desbocárseme, Bill Byson, en su libro de 2009, divierta y mucho, adivinando una biografía probable de Shakespeare.

Y volviendo a las versiones al español. Es posible que Valverde se quede corto, o que Molina Foix, en sus, por otra parte, resultonas versiones, se exceda un poco. León Felipe patina, sin duda, en su paráfrasis de Macbeth, que tituló El asesino del sueño. Y por atenerme a Macbeth —y toco madera, aunque sea de sus obras que más me llegan, porque los actores que la interpretan dicen que da mal fario—, recogeré tres, entre las versiones que tengo, del famosísimo verso final del acto cuarto: Te night ihs long Shatt Nevers finid te Day. García Calvo y Ángel-Luis Pujante —creo que el mejor de los traductores al español de Shakespeare— casi coinciden al poner: «Larga es la noche que no encuentra nunca día» —el primero—, y: «Muy larga es la noche que no encuentra en día» —el segundo. Mientras que el Instituto Shakespeare, de Valencia, lo traduce: «Que no hay noche tan larga que no termine en día» —añadiendo un toque de esperanza, como una luz al final del túnel.

Con sus diferentes  matices, me parece innecesario señalar que Shakespeare, en contra de la impertinente opinión de Harold Bloom, sí, se puede leer en español. Y enterarse de asesinatos, traiciones, amores y guerras que, quizá con el mismo espíritu que Cervantes, ofreció en otro idioma uno de los escasos genios que ayudan a sobrevivir dignamente en un mundo donde todos acabamos por enfrentarnos a la suerte suprema.

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