Tecnologías
Por Marcos Cánovas
Cuesta recordar (o imaginar, para las personas más jóvenes) cómo era el mundo de la traducción, no antes de los ordenadores personales (cuando las máquinas de escribir, es decir, la prehistoria), sino antes de Internet. Los libros que se apilaban junto al traductor han desaparecido en buena parte. En su lugar está la Red. Internet es más que cualquier enciclopedia o diccionario. Internet son muchas enciclopedias y diccionarios, y es un mundo abierto. Para seleccionar la información y orientarnos en ese espacio virtual, tan caótico (y tan real) como el real, tenemos que recurrir a los buscadores. En el entorno concreto de la traducción, los buscadores aparecen como herramientas de resolución de muchas consultas. De entrada, naturalmente, de tipo enciclopédico. Por medio, por ejemplo, de Google, podemos encontrar datos sobre prácticamente cualquier elemento que forme parte del contexto histórico, cultural, científico, etc. relacionado con los contenidos de una traducción.
Pero no solo eso. Un buscador es también una poderosa herramienta a la hora de resolver dudas lingüísticas. Nos puede ayudar a determinar frecuencias de uso en el caso de palabras o términos respecto a los cuales no acabamos de estar seguros. Imaginemos, por ejemplo, que estamos traduciendo un texto en inglés en el que aparece el nombre «Thomas More». Quizá no tengamos claro si será más adecuado dejar el nombre del escritor tal como está o si convendrá emplear la forma españolizada Tomás Moro y, en ese caso, tendremos que valorar cuál es la opción con más tradición en español y la que en un contexto semejante al de nuestra traducción resulta más operativa desde un punto de vista funcional. Si entramos en Google las dos versiones del nombre, tendremos algunas pistas. (En cualquier caso, después de escribir las palabras y antes de iniciar la búsqueda tendremos que activar los recursos de Google que nos permitirán afinar el proceso y lograr los resultados deseados: en primer lugar, tomaremos la precaución de entrecomillar la secuencia de palabras, para que la búsqueda se haga sobre esa secuencia concreta y no sobre cualquier aparición de los dos nombres, aunque estén separados en el texto; en segundo lugar, marcaremos «páginas en español», porque si se contara también la recurrencia del término en otras lenguas, los resultados no nos servirían para nada). Así, observaremos que «Thomas More» aparece en 38.000 páginas en español y «Tomás Moro», en 384.000. No hay duda sobre la frecuencia de uso. A lo mejor en este caso podremos dar por resuelta la cuestión, pero en ocasiones en que el resultado no esté tan claro o necesitemos más datos, podemos entrar en las páginas obtenidas, especialmente las que aparecen en los primeros lugares, para valorar la fiabilidad de las fuentes, la semejanza de los modelos textuales con el que nos interesa a nosotros, si una expresión parece usarse más en determinados ámbitos lingüísticos del español y otra en otros, etc. y, a partir de aquí, decidir qué pondremos en nuestra traducción.
Este ejemplo corresponde al ámbito de las humanidades, pero un buscador nos puede ayudar de forma parecida con la terminología técnica, científica, jurídica o de cualquier otro campo de la traducción especializada. Sin embargo, nunca hay que perder el sentido crítico al utilizar la herramienta: no todo lo que nos ofrecen los buscadores puede ir a misa sin más ni más.