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Viernes, 18 de febrero de 2011

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POESÍA

Armonía atonal

Por Clara Janés

¡Cuántas veces he citado la frase: «La poesía aparece cuando todas las palabras que la componen desaparecen»! La dijo el poeta turco Fazil Hüsnü Dağlarca y es, acaso, la más clara réplica a la famosa expresión de Mallarmé: «la poesía está hecha con palabras». No se excluyen del todo, sin embargo, estas dos frases, pero es evidente que una apunta a un aspecto del poema y otra a otro. Esta cuestión me parece crucial como traductora de poesía, pues la primera abre la puerta al traductor y la segunda la cierra. Los dos aspectos del poema a que remiten son el contenido y la forma.

Lo cierto es que se podrían encontrar distintas frases análogas contrapuestas. Precisamente en un artículo titulado «Sobre los elementos de la poesía. Contra Mallarmé», Juan Eduardo Cirlot va más allá: «Yo diría que no las palabras, sino las sílabas, los fonemas articulados, son lo que crea la poesía». Con ello destaca la importancia de los elementos constitutivos de la palabra, lo que atañe a la materia del lenguaje, a su estructura, pero ésta, incluso en poesía, está al servicio de una sustancia, un contenido. Y si la forma no se puede traducir ajustándose a una equivalencia rigurosa, el contenido sí. Las cosas, de todos modos, no son tan simples.

Vladimír Holan, en una de las pocas entrevistas que concedió en su vida, que incluí en el libro El espejo de la noche. A Vladimír Holan en su centenario (AdamaRamada, Madrid, 2005), al definir la poesía, hablaba de «armonía atonal», que, decía, es «la oculta tensión interna de las palabras». Se refería, pues, también él a una estructura, en este caso una forma del significado. Partiendo de ahí, habría que averiguar qué induce a tal estructura. Para ello hay que retroceder hasta situarse en el «antes». Por este motivo es tan certera la definición de Fazil Hüsnü Dağlarca: al ir al antes de la formulación, se va a un vacío de palabras que equivale al espacio de su desaparición.

Ese «antes» es la vibración inicial. El que logra dar el salto a la inversa hacia ese punto, puede alcanzar un resultado. Con frecuencia he intentado analizar la «armonía atonal», «instrumentación sin tono, armoniosa disarmonía […] ritmo interior de las imágenes […], las conexiones casuales y mutuas, la relación entre las palabras, su oculta tensión interna», explica Holan. Él lleva el lenguaje al delirio expresivo, creando uniones simbióticas. Así nos encontramos de pronto con: «paisaje-sofoco», «coñirronrroneante», «amuecado», «repinchar», «trajeandante», «asotanado»… La mayor dificultad, a la hora de traducir sus versos, es descifrar estas palabras y sus ecos ocultos. No es tan evidente que un anciano sea «asotanado» y «protuberante» o que una bailarina esté «amuecada» en estatua.

Pero la cuestión es más amplia, rebasa nombres y adjetivos, se da también en los verbos utilizados con una aplicación que no es la propia: moles de piedra que «castañetean», quemaduras que «rugen», semillas que se «dejan embaucar»… Otra cosa son los juegos de palabras: ese niño, que enviado por su madre a la compra, repite rum do čaje y acaba diciendo čum do raje. Es un pasaje de Una noche con Hamlet. Forbelský y Carnero lo tradujeron textualmente: «ron para el té» y «ven al paraíso». Yo preferí aproximarme al juego de Holan y traduje: «vino y hielo» y «ven al cielo».

No es ajena a la «armonía atonal» la mezcla de verso libre y métrica, lo que se da en libros como Sin título o Miedo; tampoco a deslizamientos entre melódicos y semánticos ni a ciertas violencias verbales, que se producen en versos como éstos del poema «Encuentro I»:

¿A dónde va esta niña?
Con el pelo partido por una raya
de pendientes arrancados a plazos,
con las notas de la primera evaluación de malos tratos
y los zuecos de suela de ataúd…

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