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Miércoles, 16 de febrero de 2011

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Profesión

Un perro llamado Merca

Por Mariano Antolín Rato

Una vez, oí que llamaba Merca a su perro un chaval de Móstoles, ciudad dormitorio de aluvión cercana a Madrid. Le pregunté si el motivo del nombre era Mercamadrid, la gran distribuidora de alimentos de la capital donde él trabajaba. Su respuesta fue que no, que se le había ocurrido viendo una película, y le gustó. El dueño del bar explicó que la película era Martín (Hache), y que en ella el joven Botto se ponía hasta las patas de lo que allí llamaban «merca», y nosotros «farlopa», o «perico». (Un inciso: alguien me consideró remilgado por poner «líneas», en lugar de «rayas» de cocaína en la traducción de American Psycho, sin tener en cuenta de los personajes de Easton Ellis eran precisamente eso, cursis).

Conseguí el DVD de Martín (Hache), una coproducción hispano-argentina, de 1997, que dirigió Adolfo Aristarain. En las secuencias de Buenos Aires, se utilizaba con frecuencia «merca», y otros términos de argot referidos a lo que la legislación vigente llama drogas que supongo son los habituales allí. El chaval de Móstoles había adoptado «merca», y puede que alguno más que no saliera a relucir entonces. Los encontraba nuevos, originales, sin tener en cuenta que procedían de un lugar situado a miles de kilómetros.

En el número de octubre pasado de Revista de Libros, el solvente crítico literario Martín Schifino, se refería a las traducciones al español de la narrativa del argentino Copi recientemente reeditada por Anagrama. Las habían realizado Vila-Matas y Cardín, y dice que, aunque «excelentes desde el punto de vista literario, están escritas en español peninsular». Añadiendo que para los lectores «argentinos resultan incongruentes» e «idiomáticamente incorrectas». Según Schifino, en español rioplatense nadie dice «col», «vosotros», ni que algo le «tocaría los huevos»; dice «repollo», «ustedes» y «me hincharía las pelotas». Y termina una extensa nota al respecto: «¿Por qué no dar al lector español la oportunidad de experimentar la variedad dialectal?». Añadiendo un topicazo impropio de él: «En la variedad está el gusto».

Vamos a ver. En primer lugar las expresiones «repollo» o «me hincharía las pelotas» son tan comunes en España —o los medios de ella donde me muevo—, como las que eligieron los traductores. Y en segundo, Copi vivió en París desde 1962 hasta su muerte 25 años después, y «escribió casi toda su obra en francés» y «abunda en ecos de la literatura francesa» —frases de Schifino—. Y de ese idioma en el que no se aprecian los argentinismos fueron traducidas por los españoles. Sí, cabe pensar que podrían haber consultado con Copi, pero ¿el anárquico escritor y teatrero se habría prestado a colaborar? Y por otra parte, cualquiera que conozca las miserables tarifas que se pagan por traducir, ¿iba a creer que los traductores perderían el tiempo realizando las consultas, que, de hecho, hubieran supuesto cambios expresivos pero no de contenido?

El chaval de Móstoles del principio no se andaba con miramientos, a la hora de adoptar términos de «allá». Lo mismo que nos pasó a unos españoles la otra noche en que vimos una película americana con subtítulos en argentino —nos había prestado el DVD una amiga de esa nacionalidad—. Ninguno nos sentimos escocidos porque un gángster de Chicago que le dice a otro: «Sit down, man», en los subtítulos aparezca: «Tome asiento, hombre», en lugar del más rotundo: «Siéntate, tío». O que se emplearan repetidamente «boludeces», entre otros argentinismos de los que los presentes, gente con años de vuelo y lectores empedernidos, conocen procedencia y significado.

Me refería a una introducción de la Ilíada la vez anterior. En concreto a la diferencia que establecía su autor entre las distintas versiones a través del tiempo. Y apunté que esas variaciones dictadas por la cronología también podrían ser válidas para la geografía. Se me ocurre, pues, que los aires de descontento que llegan desde el otro lado del océano quizá se aplacarían un poco teniendo en cuenta aquello que dijo Truman Capote: «La diferencia entre realidad y ficción es que la primera debe ser coherente». ¿No bastaría con admitir que a la coherencia se llega por muy diversas formulaciones?

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