Traductología
Por Gonzalo García
Casos claros los hay, pero son pocos. Pongamos una novela como Jingo Django, del aventurero Sid Fleischman.1 Ocurre en un Oeste más bien legendario, época aún de conquista. Veremos que es la tierra de Cactus John y de Doc Custis, de Jim Scurlock Cara Sucia, del caballero Jeffrey Peacock; se diría que no hay más margen que el de los motes, puesto que la tradición nos permite escoger entre Billy the Kid o Billy el Niño, pero no hay Guille que valga como pistolero.
Y aun así la solución no está libre de problemas. Se da un conflicto curioso con los nombres de los caballos Billygoat y Sunflower. Uno podría pensar en traducirlos, pero mientras que Girasol nos caería simpático, su compañero Cabrón nos provocará un inmediato «¿¡Qué!?» de incredulidad nada más leerlo. Es evidente que la palabra española se acompaña de un doble sentido demasiado fuerte (que por otro lado tampoco cuadra con el carácter tranquilo y moroso que el animal posee en la novela); de modo que o no se traduce o mejor nos inventamos otro nombre.
A mi juicio, sin embargo, el problema principal de los antropónimos del libro de Fleischman está en el protagonista: de entre los niños a los que se dirige el libro, ¿cuántos sabrán pronunciarlo? Aunque las editoriales suelen ser poco amigas de esos cambios, quizá habría resultado más lúdica una transcripción del estilo de Yingo Chango o Yingo Diango. Es cierto que el inglés necesita hoy de pocas transcripciones entre nosotros, pero pensando en un público infantil y siendo tan infrecuentes las voces inglesas que empiezan por dj- (solo tres y además arabismos, si consultamos el New Shorter OED), tal vez habría convenido.
El límite general podemos verlo más nítido si partimos de una novela nuestra en la que todos los nombres propios sean significativos. Yo les propongo Las horas largas, de Concha López Narváez, que describe el primer viaje a la Extremadura del zagal Martín con los pastores mesteños.2 Ahí se percibe con más claridad el color, porque como es el nuestro no se nos escapan sus matices y no tomamos por gris lo que en el fondo solo está distante. En efecto, si Martín y Elvira son opciones relativamente neutras, en la ambientación de la novela resultan imprescindibles el zagalín Pedruco, el pastor Pedro el Bermejo, el tío Candil (rabadán del rebaño), Pascual el Raposo (yegüero), Juanillo el Tambor (morecuero), el Ratón, el Bienhablado, e incluso los perros: los mastines Manchado, Valiente y Bocanegra, o el Trotamundos. Es un conjunto de decisiones que afecta por igual a los motes y a los hipocorísticos, sin entrar ya en los oficios, aunque también lo merezcan.
Una traducción no puede permitir que se escape al lector ese esfuerzo creativo, ese peculiar trabajo de la fotografía y la luz de la novela. Pero entonces, ¿no ha de ser esa la misma exigencia que debemos pedir para las traducciones a nuestra lengua?