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Miércoles, 9 de febrero de 2011

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Lenguas

En defensa de la traducción

Por Ricardo Bada

Hace algún tiempo, en un restaurante italiano donde almorzaba en Colonia, conversé a los postres con el comensal de una mesa vecina, un alemán, quien tal vez para denotarme su xenofilia, me sorprendió con una de esas frases rotundas que parecen casi aforismos. Me dijo que un ser humano es tantas veces ser humano como el número de idiomas que sabe.

Me pareció una frase brillante pero vacía, de esas que pueden funcionar ante un público multicultural para congraciarse con él. Y como no suelo morderme la lengua (para no morir envenenado, según quienes me conocen bien), le repliqué diciéndole que Shakespeare sólo hablaba inglés, y le aseguré que conozco a muchos canallas políglotas. El buen hombre se quedó con la duda de si su frase es tan buena como él creía.

Yendo luego a casa me acordé de algo leído poco antes en un voluntarioso y malogrado mamotreto de Carlos Fuentes. Allí, en alguna página, Fuentes recuerda que Milan Kundera le preguntó una vez que si ya había leído a Kafka, Fuentes le contestó que claro que sí, y Kundera quiso saber si lo había leído en alemán. No, no sé alemán, le dijo Fuentes. Y Kundera le aseguró que entonces no había leído a Kafka. Una respuesta tan cierta como estúpida, igual que tan brillante como vacía fue para mí la frase del comensal de la mesa vecina en Colonia.

Yo la hubiese replicado preguntándole a Kundera que si ya había leído a Homero, y en el buen supuesto de que me contestase que sí, volvería a preguntarle si lo leyó en el griego original, y como es bastante seguro que tendría que contestarme que no, le enrostraría tan certera como estúpidamente que entonces aún no había leído a Homero. Y así ad infinítum y ad náuseam.

Claro está que quienes no podemos leer a Dostoievski y a Tolstoi, y sobre todo a Pushkin, en su ruso original, sino sólo traducidos, pues eso, no los hemos leído. Y desde luego que si uno padece alergia a las lenguas muertas, e incluye entre ellas al francés (que no ha progresado un solo milímetro desde Rabelais), pues eso, jamás podrá decir que ha leído a Flaubert y a Camus, ni tampoco a Rimbaud, Verlaine y Baudelaire.

Y a pesar de todo lo que los apoye el Espíritu Santo (permítanme la aparente irreverencia, que no lo es), quienes no sean capaces de leer en arameo el Viejo Testamento, pues eso, se tienen que conformar con Lutero en alemán o con Nácar-Colunga o Casiodoro de Reina —revisado por Cipriano de Valera— en castellano, aunque en lo que se refiere al Cantar de los Cantares prefiero de lejos la versión de mi casi paisano don Benito Arias Montano, factótum de la Biblia Políglota.

Así es la cosa, Mafalda, que diría Manolito.

¿Y bueno: qué?, me pregunté. Y me lo pregunté mientras traducía a Heinrich Böll. Me lo pregunté mientras asediado por su prosa, intentaba transmitírsela al lector de sus traducciones, que eran esas mías. Me decía que jamás podría contagiarle a ese lector el acelerón del pulso que me acosó al poner en palabras del idioma de Cervantes unas experiencias personales de Böll que se ubican en la calle donde en esos momentos dormían mis nietos. Es más, los dos nacieron en la misma calle donde nació Böll, una calle que conozco cuadra por cuadra, casi cada piedra de su pavimento, que tanto he recorrido llevando a mis nietos de la mano.

Desengañémonos: nunca leemos a los autores si no los leemos en su original, en eso Milan Kundera tenía razón. Pero ¿estaríamos entonces, a fuer de congruentes, dispuestos a renunciar a leer a Cervantes sin saber castellano, y a Shakespeare sin saber inglés, y a Homero sin saber griego, y a Hölderlin sin saber alemán, y a Ibsen sin saber noruego? Lo que todavía me queda por decir es algo sangriento: por mi parte, sin ningún problema, estoy dispuesto a renunciar per omnia saecula saeculorum a leer a Kundera, y no porque no sepa checo, su idioma materno… en el cual, curiosamente, él mismo ya no escribe. (¡Caramba! ¿En qué idioma habrá que leerlo para «haberlo leído»?).

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