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Sobre El trujamán

El trujamán
Lunes, 11 de febrero de 2002


Antes se caza a un mal traductor
Por Josep Bonet

Dicen que se caza antes a un mentiroso que a un cojo. Yo pienso que es más fácil cazar a un mal traductor. Después de unos cuantos años revisando lo traducido por compañeros, estoy convencido de que se puede revisar prácticamente cualquier texto, sin miedo a equivocarse, en ausencia de original; si bien una elemental precaución nos impulsa a trabajar con red, es decir, cotejando el texto fuente. Por si acaso.

La técnica es sencilla. Consiste en conceder una importancia relativamente pequeña al estilo —mis compañeros y yo trabajamos con documentos bastante técnicos y tampoco es cuestión de mejorar los originales— y concentrarse en la comprensibilidad del texto. Hay que partir del supuesto de que el texto escrito por el autor se entiende correctamente. En caso contrario, el traductor debe buscar el motivo y dar con su significado exacto. Conviene no olvidar que, para muchos documentos, el primer lector atento, reposado y ajeno al texto es su traductor, por lo que a él incumbe descubrir sus imperfecciones e indicárselas al autor. Por ello, la traducción incomprensible no puede ser más que muestra de su pobre calidad.

Pero, ¡atención!, si el traductor malo es un peligro, hay una especie más nociva: el traductor malo con recursos. No suele abundar, por suerte. Pero su trabajo es nefasto, pues es capaz de camuflar su ignorancia o sus carencias con florituras e inventiva. El traductor malo con recursos detecta que algo falla en la traducción y la arregla para que no se note. Es como el reparador que hace una chapuza, pero después la despista tan bien con cuatro paletadas de yeso y dos pinceladas de color, que el desaguisado sólo se descubre cuando ya es demasiado tarde. Estos personajes me recuerdan el titular de un periódico español en que se informaba de la visita del Rey Juan Carlos al campamento —o Centro de Instrucción de Reclutas— de Marines, en la provincia de Valencia. El linotipista, no sabiendo de geografía ni de milicia, pero sí de su oficio, quitó la mayúscula al topónimo y lo puso de cursiva, con lo que quedó en «El Rey visita el campamento de marines». Estoy convencido de que la mayoría de lectores ni se dieron cuenta. ¡Y eso que en España no hay cuerpo de marines!

 


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