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Jueves, 31 de enero de 2013

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Profesión

Soy afortunada (6). Amantes (o no)

Por María Teresa Gallego Urrutia

Lo que voy a decir a continuación no es la primera vez que lo digo, tampoco he sido la primera en decirlo; no aspiro a ser original —cosa que también he dicho antes—, bueno, sí aspiro, lo que pasa es que no puedo. También se ha dicho ya muchas veces que todo cuanto construimos —en ese ámbito que suele llamarse creación intelectual— lo hacemos siempre con ladrillos que les hemos cogido a otros, que a su vez se los cogieron a otros anteriores. Ahora bien los menos usan esos ladrillos de forma nueva y sorprendente y a los más se nos nota de qué paredes anteriores las hemos sacado y que los estamos usando no ya igual sino peor. ¿Qué demonios haces entonces escribiendo?, me preguntarán con razón los lectores, si los hubiere. Evidentemente hablar de mí misma, eso que hace todo el mundo (aunque lo niegue o se crea que lo disimula) en cuanto abre la boca o coge un bolígrafo o pone los dedos en un teclado, porque es algo inherente a la condición humana. Unos aportan algo cuando lo hacen, otros no aportan nada y otros más aburren a las ovejas o irritan a los irritables. Pero algunos lo hacen tan bien que se transcienden y en sus arquitecturas nuevas con ladrillos usados —¿o con bienes comunes?— palpitamos todos. He tardado, pero ya he llegado donde quería llegar y al tema central de esta serie: a la fortuna del traductor literario por tener relaciones con esos que lo hacen tan bien que se transcienden. Y cuando digo relaciones lo digo, claro está, en el sentido de la entrada 2 del diccionario de María Moliner. No relación profesional ni de trabajo con el escritor —vivo, claro, el escritor muerto es otro apartado—. De esa relación ya tratamos hace tiempo en una interesante mesa redonda que organizó el Instituto Cervantes. No; estoy hablando de la relación de puertas para adentro, de la que transcurre en la intimidad del despacho, estudio, guarida o zaquizamí en que cada cual se encierra a solas con el escritor de turno. Que, para mí, es una relación de pareja, debo decir. Llegada a este punto, tengo abandonar el «nosotros» que me gusta usar en asuntos de profesión —no por cumplir con pautas de decoro, cortesía o falsa modestia, sino porque me siento muy de verdad (y afortunadamente) parte de una comunidad— dado que entro en terreno personal y no forzosamente extrapolable. Haga quien quiera la conversión —o traducción— oportuna a sus circunstancias personales.

Cuando estás traduciendo a un escritor es indudable que estás conviviendo con él durante una temporada relativamente larga (y, en ocasiones, muy larga). A veces me he preguntado si me sentía cómplice de él; a veces, si me sentía colaboradora; tras años de convivencias consecutivas, me he dado cuenta de que los escritores a quienes traducía se convertían por una temporada en mis amantes.

En lo que a mí —que me decanto meridianamente por los señores en cuestiones amatorias— se refiere, he traducido a muchos más escritores que escritoras; algo así como 65. Con lo cual he podido dedicarme impunemente y con el beneplácito de la sociedad a cambiar de amante con gran frecuencia (varias veces al año), cosa que en la vida real a lo mejor no estaba bien vista (sobre todo, quizá, por mi marido). Tiene también la ventaja de que puedo practicar la necrofilia.

No todos han sido amantes míos, debo decir. A algunos los he odiado rabiosamente. Pero también eso es una forma de pasión.

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