Centro Virtual Cervantes
El Trujamán > Historia
Lunes, 28 de enero de 2013

El Trujamán. Revista diaria de traducción

Buscar en El Trujamán

Historia

Orígenes de la traducción chino-español: Fray Domingo Fernández de Navarrete (II)

Por Gabriel García-Noblejas

Los siete tratados y los ciento once capítulos de la gran obra de fray Domingo Fernández de Navarrete, Tratados Históricos, Políticos, y Morales de la Monarquía de China (Madrid, 1675), están dedicados a informar al lector, lo mejor posible, del entonces poco conocido país llamado China en todos sus aspectos. Lo que nos interesa destacar ahora no es el valor etnográfico e histórico de esta obra, sino el traductológico.

Los tratados tercero y cuarto consisten en traducciones, como ya advierten sus títulos: «Tratado III. Escrivense algunas sentencias Politicas, y Morales del Filosofo Kung Fu Zu» y «Tratado IV. Del libro Ming, Sin, Pao, Kien, esto es, espejo precioso del alma».

Mientras que el Tratado III constituye una de las primeras (si no la primera) traducción al español de las sentencias de Confucio y de su escuela in extenso, el IV nos regala con una segunda versión del libro Ming Sin Pao Kien o Espejo precioso del alma, cúmulo de sentencias de una buena cantidad de filósofos chinos de la antigüedad (ss. ix-ii a. n. e.) que ya había traducido fray Juan Cobo en 1593.

Vayamos por partes. El Tratado III está dedicado a Confucio (fechas tradicionales 551-479). Y nada mejor para comprender el pensamiento de aquel Filósofo «a quien han dado los Letrados Chinos nombre de Maestro, y Príncipe suyo» que traducir algunas de sus sentencias, debió pensar fray Domingo. Dicho y hecho.

Después de trazar una biografía en ocho estampas del filósofo y de explicar que las obras de éste fueron hechas quemar por el emperador «Cin Xi Hoang» (es decir, el conocido Qin Shi Huang, que reinó del 246 al 208 a. n. e., unificó China y mandó modelar los ahora famosos soldados de terracota para su tumba), en lo que se ha llamado «la quema universal de libros» que, en efecto, dicho emperador llevó a cabo drásticamente por toda China, fray Domingo comienza con las sentencias del filósofo.

El traductor se toma su tiempo para notificar que su versión no es la primera de las sentencias de Confucio, y advierte que existía otra anterior, al latín, hecha por el padre Próspero Intorcera «y otros tres de su tiempo» (capítulo II § 1-3) en dos tomos. Fray Domingo consideró que la traducción de Intorcera era poco fiable; de ahí que ensayase la suya, al castellano: para que los misioneros pudieran leer una traducción cabal.

Fray Domingo conoce bien la obra de Confucio, pero no todo lo que él cree ser de Confucio lo era. Las traducciones del Tratado III incluyen sentencias de las Analectas (Lunyu), una obra que actualmente se considera que reflejan con notable fidelidad el pensamiento del maestro y cuya fecha de composición se ignora, así como su autoría, aunque se supone que la obra fue escrita por varias manos y que debió concluirse hacia finales de la dinastía Zhou y comienzos de la Qin (s. iv a. n. e.).1 Pero, además de las sentencias de las Analectas, fray Domingo traduce muchas otras de discípulos de Confucio, como, por ejemplo, de La gran enseñanza (Daxue), título que él vierte por La gran ciencia o La gran sabiduría (II § 4); de Mencio, el segundo gran autor confuciano y del Libro de los documentos (Shujing). Es decir, que más que a Confucio, fray Domingo tradujo a la escuela confuciana.

En su Tratado IV, Fernández de Navarrete se limita a traducir una obra preexistente, que ya ha quedado mencionada.

Dado que el modo en que fray Domingo presenta su traducción de ambos tratados no deja de ser curioso, dedicaremos los siguientes trujamanes a exponerla. Fray Domingo no se limita nunca a traducir la frase en cuestión, sino que intenta ayudar en la correcta interpretación cultural de lo traducido, intenta mostrar si lo traducido, de alguna manera, ya existía en la cultura para la que estaba traduciendo. En fray Domingo subyacía, por lo tanto, una concepción de intercomunicación cultural de la traducción que le movió a arropar su traducción de comentarios, explicaciones y citas de otros autores, probablemente con la intención de hacer más fácil la comprensión del texto traducido, como veremos en el siguiente trujamán.

Ver todos los artículos de «Orígenes de la traducción chino-español»

  • (1) Anne Cheng, «Lunyü», en M. Loewe (editor) Early Chinese Texts: A Bibliographical Guide, University of California, Berkeley, 1993, pp. 314-15. volver
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es