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Viernes, 25 de enero de 2013

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Traductología

En los límites de la traducción (1)

Por Jorge Bergua

En su monumental Después de Babel, George Steiner abordaba en profundidad el fenómeno general de la traducción entre lenguas, asumiendo el axioma de que la estructura subyacente a todas ellas es universal y por tanto común a todos los hombres. A donde no se aventuraba la especulación steineriana era a alcanzar los límites de ese lenguaje humano, allí donde linda o se solapa con el de los animales. Sin embargo, las investigaciones actuales sobre el lenguaje y la vida simbólica de los neandertales y de los demás homínidos anteriores al sapiens plantea problemas e interrogantes fascinantes: puesto que sabemos que neandertales y hombres modernos convivieron en el tiempo y en el espacio, al menos en Europa, y por tanto debió de haber encuentros o encontronazos entre ellos, ¿habrá habido, allá por los años 30.000 antes de nuestra era, algún tipo de paleo-trujamán que hiciera de mediador o intérprete entre ambas (sub)especies? Y si lo hubo, ¿cómo sería posible tal cosa? ¿Se podría llegar a un compromiso entre un lenguaje plenamente articulado y aquello que (a duras penas) podemos imaginar fue la lengua o el sistema de comunicación de nuestros parientes más cercanos? Solo fantasear sobre ello causa vértigo.

Me ha venido a la mente esta cuestión leyendo, en el Elizabeth Costello de Coetzee, el espléndido, desasosegante capítulo titulado «Las vidas de los animales». Allí la ficticia escritora inventada por el sudafricano cuenta a su público, entre otras cosas, los experimentos a los que, en los años diez del pasado siglo, fue sometido un chimpancé llamado Sultán por parte de un psicólogo alemán, Wolfgang Köhler, con el fin de saber hasta qué punto estos sufridos animales merecían figurar en el panteón de los listos. Lo que se nos describe allí es, en cierto modo, un caso de comunicación y por tanto de un intento de traducción del lenguaje animal, en este caso de un simio, al humano (y viceversa): el hombre, en su afán por cuantificar la «inteligencia» del chimpancé, lo somete a una serie de pruebas y obtiene así una serie de «respuestas», pero es posible, nos dice la Costello, que todo el juego esté basado en una serie de trágicos malentendidos. En efecto, allí donde el hombre hace preguntas de tipo esencialmente pragmático, de pura razón instrumental («¿Cómo podrías servirte de unas cajas que te pongo para alcanzar unos plátanos suspendidos del techo?»), el simio enjaulado, al tiempo que cumple de forma más o menos diligente con las expectativas del experimento, quizá esté deseando contestar, en realidad, con otra serie de contra-preguntas mucho más filosóficas y acuciantes («¿Dónde está mi casa y cómo llego a ella?», «¿Por qué se comportan así los hombres?», «¿Qué he hecho para merecer esta cárcel»?, etc.).

En esta breve pero intensa narración, Coetzee nos plantea magistralmente algunas graves cuestiones, como son la afición occidental por el encierro como forma preferente de castigo y, en un plano más general, la trágica limitación vital de la razón humana (y por tanto del lenguaje articulado en cuanto tal) para comprender de verdad la vida y el universo; y por tanto para comunicarnos con otros seres vivos considerados «inferiores», en definitiva, para traducirnos y traducirles. Parece que la relación entre Sultán y Köhler sólo pudiera estar hecha de patéticos malentendidos; claro que ya decía Jacques Lacan que el malentendido es, precisamente, la base de toda comunicación…

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