Traductología
Por Ramón Buenaventura
Para un traductor, el problema de la transliteración suele presentarse en los nombres y apellidos y en los topónimos. Hay equivalencias oficiales, desde luego, y casi todas ellas siguen las normas de transliteración inglesas o francesas. En Marruecos, por ejemplo, la norma es francesa, y ello conduce a grafías como Essaouira, Oujda, Ouarzazat, Tétouan y a pronunciaciones verdaderamente chungas en los noticieros españoles. En otros muchos países (las ex colonias británicas, por lo general), la norma es inglesa: Ad-Diwaniyah.
Si el traductor recurre a la transliteración oficial de la palabra que le surge en su trabajo, planteará problemas al lector español y, desde luego, malísimas lecturas, otra vez, en los noticieros. Sistemáticamente, la grafía ou se pronuncia tal cual en español, dando lugar a que Papadopulos se llame Papadopóulos, por ejemplo. Si usted acepta la transliteración oficial del topónimo Khartoum, sus lectores españoles pronunciaremos Cartoum, cuando el sonido original es Jartum, pero si translitera Jartum es posible que muchos ni siquiera identifiquen el término… Naturalmente, el problema se alivia de modo considerable cuando hay topónimo español tradicional: sería totalmente absurdo que escribiéramos Tétouan en vez de Tetuán. (En tiempos recientes se detecta una tendencia a devolver sus grafías originales a los topónimos. Sin salir de Marruecos, vemos que el Arcila histórico se ha trocado en Assilah, como Alcazarquivir en Ksar el-Kebir. También nos estamos olvidando de nuestro Turín tradicional para decir Torino. Pero es muy poco probable que terminemos diciendo London o Napoli). (No entremos en el problema español, Gerona / Girona, Orense / Ourense, Guernica / Gernika, etc., porque ese está resuelto en el Boletín Oficial del Estado). La primera norma de conducta para el traductor, en estos casos, sería, pues, recurrir a la transliteración tradicional. Cuando esta no existe, habrá que ver qué dice la Academia al respecto, aun si lo que dice, en algunos casos (el de Qatar convertido en Catar, por ejemplo), no nos parezca muy bien traído ni muy congruente con otras conversiones: no escribimos Irac. No hay normas de general aplicación. Traducimos Nueva Jersey y Nueva York, pero no Nuevo Haven, con la misma ausencia de criterio que nos lleva a decir Quinta Avenida y no Bulevar del Crepúsculo (por el Sunset Boulevard angelino).
Sabido es que para no meter la pata en las muchísimas cosas que pueden cubrir los diversos textos que traducimos el traductor necesita unos conocimientos generales y específicos que no se le pueden exigir a ningún ser humano. Así, por ejemplo, recientemente he visto traducciones de libros sobre Tánger en que se habla del Pequeño Zoco y el Gran Zoco, algo que a los tangerinos viejos nos chirría, porque la designación local española de tan castizos sitios siempre fue Zoco Chico y Zoco Grande. Pero ¿cómo van a saber eso los más jóvenes? Es imposible que sepamos en todos los casos cómo suena una jota en una transliteración (puede ser i, puede ser jota francesa), cómo suena una w (puede ser u, pero también uve)… Dicho de otro modo: no es justo que el riesgo de error recaiga en los traductores. Y solo puede uno cerrar este texto reclamando la conferencia internacional sobre normas de transliteración de que hablábamos al principio, aun sabiendo que no está el horno para bollos y que difícilmente van los mercados a permitir que nos gastemos un maravedí en una cuestión tan poco rentable.