Autores a. s. xx
Por Jorge Bergua
Hace dos meses murió, a los 86 años, Agustín García Calvo, que fue, entre otras cosas, uno de los traductores más singulares y de oído más fino que ha habido en la España del último siglo. Entre sus muchas versiones de diversas lenguas quiero recordar ahora de forma especial la de la Ilíada que publicó en 1995 (Zamora, Lucina).
Guiado por el propósito explícito de «darles a los hablantes actuales […] una impresión análoga a la que el texto homérico les ofrecía a los hablantes de la koiné», García Calvo nos regaló una versión en verso —una especie de hexámetros acentuales de magnífica sonoridad, hechos para la recitación en voz alta— en la que, además de figurar un buen número de arcaísmos y dialectalismos más o menos pintorescos, se llevaban hasta el límite «la invención analógica de formas y el estiramiento de las posibilidades de sintaxis y hasta morfología del castellano». El resultado, desde luego, no contentó a todo el mundo, empezando por muchos filólogos y conocedores del texto original, acostumbrados en general a traducciones bastante más previsibles, de esas que llaman por ahí «filológicamente correctas» (lo que normalmente quiere decir prosaicas, alicortas, pedestres, pero eso sí, acompañadas de abundantes notas, bibliografías y demás paratextos al uso académico; como si uno quisiera disimular un pescado poco fresco echándole pesadas salsas y especias).
Creo que el pecado, o la ingenuidad, de García Calvo consistió precisamente en querer darnos una versión de Homero mejor que la que nos merecemos, quiero decir, mejor que la que se merece o es capaz de digerir una lengua como la nuestra, inmersa en una civilización tecnocrática, apoltronada en sus rutinas —las que crea la lengua de la publicidad política y los tópicos mediáticos—, y por eso mismo muy lejana, a años luz del espíritu que hizo nacer el texto homérico hace veintitantos siglos; un espíritu que podríamos resumir en una breve frase: la majestad creadora de la lengua poética.
De ahí, por otra parte, la paradoja, que acompañó siempre a García Calvo, en todas sus facetas creativas: que, a pesar de estar hecha por alguien que renegó y luchó toda su vida contra lo que llamaba la dictadura del nombre propio, esta versión de la Ilíada sea irremisiblemente hija de su autor, imposible de confundir con cualquier otra imaginable.
Así que si quieren ver una versión homérica realmente singular, y además estrictamente fiel al original, dense un paseo por este monumento a una lengua (quizá) imposible. Como pequeña muestra, un pasaje del último canto, poco después de que tenga lugar el encuentro entre Príamo y Aquiles en la tienda del caudillo griego (XXIV, 513-526):
Mas, ya que quedó de plañir el celeste Aquiles saciado
y el ansia al fin se le fué de los miembros y los redaños,
al punto saltó del sillón, y al viejo alzó por la mano,
de lástima por la cana cabeza y el mentón barbicano;
y a él de su voz hablándole iba en verbos alados:
«¡Ah triste!, a fe, mucho mal en tu alma has bien soportado.
¿Cómo a las naves aqueas llegar tú solo has osado,
ante los ojos del hombre que tan valientes y tantos
hijos matado te ha? Corazón-de-hierro te llamo.
Mas ¡ea, siéntate en un sillón, y a los duelos al cabo,
por más que afligidos, dejemos tomar en el alma descanso!,
pues que ganancia ninguna se saca del gélido llanto.
Que es que a los míseros hombres los dioses tal se lo hilaron,
vivir en dolor, mientras ellos son libres de pena y cuidados […].