Autores s. xx
Por Peter Bush
Al principio de dedicarme a la traducción literaria, desarrollé un método de traducir nada original que consistía en efectuar primero una lectura o relectura del texto antes de firmar el contrato con la editorial (a no ser que el título fuera una sugerencia mía), y, a continuación, iniciar el primer borrador y acabarlo cuanto antes. En este proceso, veía las dificultades, los aspectos que exigían investigación y los retos del estilo. Después, venían más borradores, vaivenes entre el texto original y el borrador, pequeñas e intensas luchas con ciertas frases, palabras o referencias, con sospechas de significados escondidos, de resonancias que intuía pero cuyo alcance no captaba. Por otro lado, hay textos de ficción en los que lo que predomina es la intriga del relato —en el caso de la novela negra, por ejemplo—, y textos —como los de Juan Goytisolo—, en los que lo importante es la dinámica del propio lenguaje, por no mencionar que ambos aspectos también pueden encontrarse combinados de manera sui géneris.
Desde que dejé de ser director del British Centre for Literary Translation y me convertí de nuevo en traductor full-time con la intención de traducir más textos clásicos, empecé a variar la estrategia de mi combate con las palabras literarias ajenas. Ahora, antes de comenzar el primer borrador, hago más lecturas previas del texto, y hay ciertas decisiones claves —como si traducir o no los nombres propios— que las voy pensando mientras leo y voy de borrador en borrador. No hay fórmulas mágicas, sino estrategias críticas que se ajustan a la reinterpretación que exige cada traducción.
En sintonía con el humor de Valle-Inclán, no vi la necesidad de cambiar el rimbombante nombre de don Mariano Isabel Cristino Queralt y Roca de Togores: confío en que los lectores angloparlantes perciban sus ecos absurdos y que se llame «Isabelita» en sus conversaciones con su amante, el joven torero sevillano, Currito-Mi Alma. Sin embargo, sí he traducido sus títulos nobiliarios: Baron of Benicarlés and Master Chevalier of Ronda, así como el nombre del joven, Currito-My Cutie.
Espero que el lector saboree el abanico de nombres y alterne entre el inglés y el español como fuente de humor, ya que dichos nombres poseen a veces una carga simbólica o sexual que se perdería completamente sin ciertas decisiones de traducción. Una parte importante del universo de la novela está ubicada en el Congal de Cucarachita, y finalmente decidí que Baby Roach’s Cathouse sonaba más divertido dentro de mi reescritura de la novela: también daba más espacio para los inevitables chistes sobre «psychic pussycats» que hace Tirano durante el interrogatorio al que somete al «Doctor Mágico» —el Dr. Polaco— y a su propio bufón, Nacho Veguillas; además, el Dr. Polaco se transforma en Dr. Polish por su posible país de origen y su labia pulida.
De la misma manera, el dictador es, sucesivamente, Tyrant Banderas, Kid Santos —Niño Santos— y el General o el Generalito. A Valle-Inclán le encantan los diminutivos, que abundan en forma coloquial en el mundo hispánico. En inglés, aunque los diminutivos existen, su uso es menos frecuente. Por otro lado, en ocasiones Valle-Inclán recurre a los motes. Así, el buen indio Zacarías el Cruzado se transforma en Scarface Zac, que suena a bandido malo, a los papeles interpretados por Jack Palance, aunque de hecho se trata de un héroe individualizado, mientras que el panzudo y chaquetero Coronelito Domiciano de la Gándara / Gandarita se transforma en «Dainty» Domiciano, jugando con el truco de los opuestos. Por otra parte, impulsado de nuevo por la necesidad de mantener el humor, el pianista ciego del Congal —Ciego Velones— se transforma en Blind Bright-Eyes, y «el ciego lechuzo» será desde «owlish blindman» hasta «blind owl». Al traductor, estos cambios se le van ocurriendo a lo largo de todo el proceso de traducción y también durante el editing realizado por la editorial, en función de cómo se va plasmando la traducción en sus diversas etapas.