Tecnologías
Por Alicia Martorell
Para sacar mayor partido a los cambios en la sociedad de la información es necesario aprender nuevas destrezas.
La más importante es el aprendizaje de nuevas estrategias de búsqueda. Ya no basta con escribir una o más palabras, como ocurría en los primeros tiempos de Google, esperando que mágicamente nos trajeran los contenidos adecuados. Una búsqueda eficaz ya no puede conformarse con buscadores generalistas, sobre todo teniendo en cuenta que no pueden acceder a una parte importante de la información (lo que se conoce como el «internet invisible»). Para obtener mejores resultados, un diseño de búsqueda debe incluir portales especializados, organizaciones internacionales, bases de datos… adaptando la estrategia y la sintaxis a cada caso.
También debemos ser capaces de estimar con rapidez la calidad de una fuente, pues información de calidad convive con otra más mediocre, o directamente adulterada. La «infoxicación», o intoxicación informativa, por sobresaturación o por criterios de selección inadecuados, es la contrapartida de la abundancia de recursos. Un traductor debe ser capaz de plantarle cara con una valoración adecuada basada en los indicios disponibles, el uso de filtros de calidad y el cotejo sistemático de distintas fuentes.
Además, debemos ser capaces de clasificar, ordenar y archivar nuestro material de referencia, de modo que esté disponible rápidamente cuando lo volvamos a necesitar. Es otra de las servidumbres de la abundancia de información.
Las redes sociales también exigen una serie de destrezas para sacarles mayor partido como fuentes. Aprender a compartir nuestros propios recursos, colaborando así en la alimentación constante de la red no es la menos importante. También debemos ser capaces de detectar a los usuarios más acordes con nuestras necesidades, tanto en el mundo de la traducción como en nuestros temas de especialidad, y de identificar con rapidez los recursos más útiles en un flujo de información que desfila a toda velocidad.
También es necesario aprender a reflexionar sobre la evolución de la sociedad de la información y la forma en que afecta, y va a seguir afectando, a nuestra forma de traducir. La reflexión es un paso previo para la adaptación al cambio: aunque la revolución informativa que acabamos de vivir nos pueda parecer de gran envergadura, lo más probable es que las cosas sigan cambiando a mucha velocidad.
Y es que lo más importante es precisamente la adaptación al cambio, con todo lo que conlleva, especialmente en la percepción de nuestro trabajo y de la calidad del mismo: ya no podemos conformarnos con encontrar equivalencias verosímiles entre idiomas, como en los tiempos en que los diccionarios bilingües eran casi nuestra única herramienta. Ahora tenemos a nuestra disposición recursos suficientes para llegar mucho más lejos en la comprensión de los conceptos y del contexto. Documentarse ha pasado a formar parte de un proceso de formación permanente, mucho más allá de la mera resolución de los problemas terminológicos puntuales.
Y es que ya no nos documentamos como antes, porque ya no traducimos como antes (o, quizá, viceversa).