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Lunes, 30 de enero de 2012

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Películas

De los escritos y de las mezclas (1)

Por Pablo Moíño Sánchez

«Hitler se entera de que en Mercadona van a cobrar las bolsas», «Hitler se entera de que la Play Station 3 no se puede piratear», «Hitler se entera de su nota de Cálculo», «Hitler se entera de que hay más de 151 Pokémon»… y así hasta el infinito. De deportes, de política, de música, de diversa y rabiosa actualidad. Unos mejores y otros peores; unos universales y otros de ciudad, de escuela o de barrio, difícilmente comprensibles para la mayoría. En varios idiomas. Y todos en Youtube. No había duda: desde 2005, año en que se estrenó la película de Oliver Hirschbiegel Der Untergang (en español, El hundimiento o La caída), quedó claro que la escena en que Hitler comprende que todo está perdido sería, antes o después, un filón para los internautas.

Por supuesto, no era la primera vez: más de un programa de televisión había tirado ya de traducciones inventadas y divertidísimas a partir de pasajes más o menos célebres —y casi siempre dramáticos— de la historia del cine. Por otro lado, el mismo procedimiento se aplicó después a otros vídeos caseros que han dado la vuelta al mundo; busquen, busquen «niño loco alemán», rastreen en busca de las diferentes versiones y sabrán de qué les hablo. En fin: qué decir de los dobladores del programa Humor amarillo, que forma(n) parte de la educación sentimental de mi generación, florecida a la sombra de las desventuras del chino Cudeiro.

No hace falta decir que no eran los golpes ni los saltos ni era el luchador de sumo. Humor amarillo triunfó porque nos gusta jugar. Los dobladores jugaban a traducir lo que no entendían; nosotros jugábamos a jugar a que nos engañaban con su traducción y por debajo escuchábamos la melodía japonesa como el acompañamiento necesario para completar la broma. Como si tuviéramos un tebeo con todos los bocadillos en blanco y solo fuera cuestión de observar las imágenes y de superponer las palabras a los gestos; como si nos dejaran escuchar y luego inventar una historia que coincidiera con la historia incomprensible que ya teníamos.

También es verdad que, en cierto sentido, necesitábamos no saber japonés para que los chistes de Humor amarillo nos hicieran gracia. Al fin y al cabo, cómo olvidar por un momento una lengua que se sabe; cómo desviar la atención desde lo que el oído reconoce hasta aquello que los ojos miran, y cómo no establecer una relación entre una cosa y otra. Porque intentemos imaginar versiones subtituladas y apócrifas del fragmento de Der Untergang en otras lenguas. De un rápido vistazo podremos comprobar que existen en inglés, en francés o en italiano. Bien. ¿Pero las habrá en holandés, tendrán el mismo éxito? A mí me cuesta creerlo, del mismo modo que tengo la sensación de que, si el idioma original de la película hubiera sido el inglés, la cosa no habría dado tanto de sí en español.

Por mi parte, creo que la primera vez que fui consciente de lo divertido que puede llegar a ser engañar con una traducción fue un poco antes de que se estrenara en España Humor amarillo. Aunque fue también en la tele, en una de las películas más vistas por los niños de los ochenta.

Hablaré de eso en el próximo trujamán.

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