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Viernes, 27 de enero de 2012

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Profesión

La historia interminable

Por Carlos Fortea

«Eso era, exactamente, lo que había soñado tan a menudo y lo que, desde que se había entregado a su pasión, venía deseando: ¡Una historia que no acabase nunca!».

Esto es lo que Michael Ende, en boca de Bastian Baltasar Bux, en boca de Miguel Sáenz, desea en La historia interminable.

Bastian tenía que haberse dedicado a la traducción, tal vez lo hizo después de que Atreyu recorriera «provincias lindantes con el silencio». Tal vez en ese momento descubrió que la verdadera historia interminable es la que contamos nosotros, repitiendo una y otra vez el cuento ajeno con la ilusión de que será una y otra vez nuevo, y, por una única vez, nuestro, en el ejercicio de propiedad más fugaz que existe.

Una historia que no se acaba nunca… ¿Se refiere tal vez a la traducción de Romeo y Julieta? La Biblioteca Nacional recoge veinticuatro intentos, sin contar versiones y adaptaciones, entre 1872 y 2011, lo que, si esto fueran matemáticas —que por fortuna están lejos de ser—, daría una vida media de cada traducción de menos de seis años.

Una historia que no se acaba nunca… ¿Se refiere tal vez a la traducción del Fausto de Goethe? Esta empresa se ha intentado en veintiséis ocasiones distintas entre 1864 y 2010, con una vida media curiosamente idéntica a la de la anterior (y algunos nombre idénticos entre los autores de ambas empresas, dicho sea de paso).

Cualquier espectador ajeno a esto pensaría, en cualquier caso, que si de algo da testimonio un número tan alto de intentonas es de una notable insatisfacción… algo debía estar mal en todos los textos que se iban sucediendo para que tantos traductores pensaran que había que mejorar el listón alcanzado por sus predecesores y poner de una vez a disposición de sus —¿colingües? ¿coparlantes?— esa obra gloriosa que sus conocimientos de una lengua extranjera habían puesto a su alcance por puro azar.

Esta bella idea ignora una de las más oscuras vertientes de la personalidad del traductor: la de un ser que es presa de una pasión inconfesable. Queremos traducir, y queremos traducir lo más grande. Queremos dar voz a los vivos y a los muertos, pero sobre todo queremos repetir con nuestras palabras las palabras más bellas, los instantes más grandes de la memoria colectiva, los que han determinado nuestra memoria: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…» quieren repetir los lectores de Gabriel García Márquez que traducen a todas las lenguas que no son español, y quieren repetirlo cada uno de ellos, no quieren simplemente que se repita, sino repetirlo, sentir en la garganta ese momento inefable en que eres , y ningún otro, el que dice: «Soy Aragorn, hijo de Arathorn, de la casa de Valandil…»

Y las palabras son tuyas. Pasión oculta, pasión innombrable.

Pasión humilde. Condenados a repetir, a veces no osamos alterar las palabras que la tribu ya ha hecho suyas, ni siquiera en el caso de que pensemos que tal vez no fueron bien pronunciadas la primera vez que se pronunciaron en nuestra lengua. Han quedado grabadas demasiado a fuego en la memoria de nuestra tribu, son ya demasiado inherentes a la más interminable de las historias. La de ese constante repetir la voz de un puñado de gigantes al que damos el nombre de traducción.

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