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Viernes, 20 de enero de 2012

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Traduciendo desde el exilio (8): Josep Janés

Por Josefina Cornejo

Quizá fuera más apropiado buscar otro título para este trujamán, puesto que no hablaremos de un traductor, sino de un hombre de letras fiel a la larga tradición editorial en Cataluña en los años del franquismo. Le dedicamos un artículo a Josep Janés i Olivé (1913-1959) ya que, desde las numerosas colecciones que creó, exhibió su compromiso con el traductor e impulsó la traducción como vehículo de entrada de los grandes autores durante la posguerra, época castigada por el hambre, la represión y la escasa producción literaria en España.

Josep Janés fue poeta precoz. Su breve producción poética (Tu. Poemes d'adolescència, premiado con la Flor Natural de los Juegos Florales, y Combat del somni) constituyó un acontecimiento en la lírica barcelonesa en la década de 1930. No obstante, su decidido empeño en que el lector español accediera a todo cuanto concerniese a las inquietudes literarias que planeaban en los círculos intelectuales más allá de nuestras fronteras, arrinconó sus deseos de escribir y le convirtió en el primer gran editor tras la Guerra Civil. Llegar hasta aquí, empero, no resultó tarea sencilla: su ideología republicana y su pasado catalanista en los años previos a la dictadura marcaron su trayectoria en el mundo de los libros.

Desde muy joven frecuentó los ambientes nacionalistas y se entregó a la difusión cultural. Fundó dos colecciones, Quaderns Literaris en 1934 y Biblioteca de la Rosa dels Vents en 1937, en las que publicó dos centenares de volúmenes. Combinaba en ellos su voluntad de recuperar la herencia literaria de Cataluña (con autores del siglo xix y principios del xx), incentivaba la traducción de clásicos universales al catalán (Jonahthan Swift, Joseph Conrad, Oscar Wilde, Mark Twain, Edgar Allan Poe, Laurence Sterne) y manifestaba su interés en la literatura francesa y rusa. Adscrito a la Consellería de Cultura de la Generalitat, durante la Guerra Civil editó el periódico L'amic del combatent, destinado a los soldados en el frente, y dirigió desde el primer número la revista de los Serveis de Cultura al Front, organización cultural perteneciente a las Milicias de la Cultura surgidas en la Segunda República. En 1939, ante la llegada de las tropas franquistas, inició un breve exilio en Francia, apenas unas semanas. A su regreso, fue detenido en San Sebastián acusado de «separatista» y de atentar contra la unidad de la patria. Un grupo de amigos artistas intercedió por él y pudo evitar una condena a muerte segura.

De regreso en Barcelona, Janés inició una nueva andadura profesional entre libros, no sin salvar ciertos obstáculos de las autoridades políticas. Sin poder firmar con su nombre por temor a represalias, a principios de la década de 1940 puso en marcha una editorial con la que reconquistar el esplendor alcanzado antes de la guerra. Comenzó editando en español los mismos volúmenes que antes había publicado en catalán, lengua prohibida durante el franquismo. Recurrió a la labor de los traductores a fin de recuperar para el acervo literario español a escritores surgidos en la primera línea de la actualidad en la Europa de entreguerras como Lajos Zilahy, Oswald Siebert, Aldous Huxley, Virginia Woolf, Maxence van der Meersch, Katherine Mansfield y André Gilde. Mostró especial preocupación por rescatar del olvido a autores alemanes como Hans Fallada y Ernst Wiechert. Ofreció a los lectores ediciones económicas de los premios Pulitzer y Goncourt e incluso se atrevió, en tiempos de simpatías germanófilas, a imprimir las memorias de Churchill y Eisenhower.

Muchos de los traductores en los que Josep Janés se apoyó habían sido hostigados por razones de ideología. Tal fue el caso de, por ejemplo, Ramón Palazón, Eduardo de Guzmán (que firmó muchas de sus traducciones con seudónimos para esquivar la represión del gobierno), la escritora y periodista María Luz Morales, el poeta Marià Manent y Juan González-Blanco de Luaces.

Falleció joven. Dejó un legado de más de mil seiscientos títulos. Afirmaba que no podía parar de publicar para no hundirse. Decía: «Voy en bicicleta y no puedo parar. Si paro, me caigo».

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