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Viernes, 13 de enero de 2012

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Autores s. xx

Traducir acentos

Por Ramón Buenaventura

Una novela que los críticos incluyen en el canon del siglo xx con rara unanimidad es Call It Sleep, de Henry Roth. Sucede además, en España, que su traducción (Alfaguara, 1990) es uno de los hitos del oficio en los años recientes, y contribuyó en su momento a consolidar el prestigio de Miguel Sáenz, uno de nuestros traductores magistrales.

Call It Sleep plantea un problema de traducción que arranca de un problema de origen. Me refiero a la reproducción escrita de los acentos orales. Los escritores siempre hemos sido aficionados a transmitirle al lector el modo de hablar de nuestros personajes, cuando es pintoresco. Que yo sepa, hay variantes de acento en todos los idiomas. No todas, sin embargo, son imitables en la escritura. De hecho, muy pocas son imitables en la escritura, muy pocas pueden recrearse por la letra impresa en la cabeza del lector. Pueden reproducirse las malas pronunciaciones u omisiones de determinados sonidos vocales o consonánticos, pero el tono nunca podrá transmitirse al lector. Si pongo «Buenoh diah», en burda imitación del habla andaluza, el lector sabrá que escribo andaluz (más que nada porque así se translitera el andaluz desde hace muchísimos años), pero en modo alguno podrá imaginar qué andaluz: ¿de Sevilla, de Málaga, de Córdoba? En otros casos, cuando apenas hay pronunciación irregular de vocales y consonantes, sino solo entonación, más o menos fuerte, la copia escrita del acento es imposible. «Buenos días» puede ser gallego, catalán, colombiano, mexicano, vallisoletano, casi cualquier variante.

En Call it Sleep, Henry Roth reproduce o trata de reproducir diversos acentos neoyorquinos, concretamente de Brooklyn, aunque su principal empeño consiste en ilustrar para el lector el modo en que el yiddish1 de los inmigrantes judíos impacta en el inglés. Empeño totalmente imposible de trasladar al castellano. Aquí hemos tenido hasta hace muy poco (no sé hasta qué punto se conservan) modos judíos de hablar en castellano —el ladino o la hhaqetíia2—, muy ricos y muy largos de tradición y bastante asentados, pero sin relación alguna con el yiddish y, mucho menos, con su traslado al inglés. En su traducción de Henry Roth, Sáenz carecía de antecedentes en que basarse, de herramientas conocidas. Todos habríamos comprendido que renunciase a los acentos, que se limitase a señalar su existencia. [Como, por otra parte, es casi siempre recomendable en traducción, creo yo. Si un autor americano translitera en su texto el modo de hablar de un angelino, lo mejor es añadir en español, tras el «dijo» de rigor, la acotación «con su acento de Los Ángeles», en vez de poner «Buano dea», que no transmitirá información alguna de interés para el lector hispanohablante]. Sáenz, sin embargo, aceptó el reto e inventó un acento, con frases como «En la kaye Décima. Somos sozioh. L’hemoh vihto brimero». Naturalmente, sólo él podría explicarnos las normas de esta transliteración, pero lo único comprobable por nuestro lado es que el método funcionó: Llámalo sueño fue un modesto éxito de ventas (un libro así no tiene posibilidad alguna de ser vendemás), un gran éxito de crítica y, por añadidura, tuvo un fuerte efecto en el mundito de los letraheridos. Acabo de leer decenas de comentarios de lectores hispanohablantes en internet. Ninguno menciona la traducción, por supuesto, pero todos ellos se han rendido al libro y lo consideran una obra maestra. Lo cual viene a demostrar, sin duda alguna, que la traducción ha servido eficazmente al original. Una hazaña, qué duda cabe, dada la dificultad del empeño.

No obstante, que un gran traductor haya logrado resolver un problema concreto no quiere decir que los autores acierten siempre en sus intentos de reproducir los acentos, porque la transliteración solo será útil como recordatorio a quienes conocen el habla que se intenta reproducir. Por más apóstrofos y trastrueques de vocales y consonantes que me meta el escritor en el texto, yo jamás podré repetir en mi cabeza el acento de Oklahoma, por la sencilla razón de que no lo he oído nunca, no sé cómo es. Y, desde luego, en una traducción no valoraré positivamente que el traductor imite ese acento (que quizá él tampoco conozca) a base de parecidos apóstrofos y trastrueques.

Es un procedimiento que no funciona casi nunca, por bien que le haya salido, en Llámalo sueño, a Miguel Sáenz.

  • (1) La Academia propone «idis» en el Panispánico, pero solo propone, por ahora. No creo que tenga sentido cambiar para el castellano el modo en que se escribe esta palabra en todo el ámbito occidental. volver
  • (2) Translitero por doble hache la hache aspirada fuerte del hebreo. Es más frecuente la transliteración «jaquetiya». volver
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