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Miércoles, 4 de enero de 2012

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Filosofía del cannabis

Por Mariano Antolín Rato

Así, Filosofía del cannabis, se va a titular la traducción de Cannabis: Philosophy for Everyone, un libro cuya primera versión corrijo estos días. Y debo hacer una revisión muy a fondo porque, si puedo evitarlo y no he tenido que hacer un informe previo para la editorial, procuro no leer previamente los libros que traduzco. En el caso de que sean novelas, ir descubriendo lo que pasa a medida que se traduce —esto es, se lee muy, pero que muy despacio—, me permite participar de la anticipación del que luego lea mi trabajo. También, de la del autor que, aunque no siempre ocurra —a mí, sin ir nada lejos—, con frecuencia se lanza a escribir sin tener una idea precisa del final.

Pero es que, encima, esta Filosofía del cannabis consiste en una colección de trabajos de profesores, sobre todo americanos de los USA, donde queda de manifiesto su profundo conocimiento de las cuestiones que tratan. Lo malo es que no dominan el arte de unir sus fichas de trabajo para hacer que resulte atractivo leer las conclusiones obtenidas a partir de ellas. Vamos, que no se cortan ni un pelo a la hora de repetir, y una y otra vez, determinados términos —cannabis o marihuana entre ellos—. Y eso hasta el punto de que al traductor —en este caso yo, o un servidor, como todavía ponen algunos timoratos—, le entran unas ganas tremendas de arreglar la frase para evitar tanta monotonía. Confieso que, en ocasiones, he tomado una decisión imperdonable para cualquier traductor comme il faut, sustituyendo la repetición del término por un «su», «éste» o algo parecido. A ello me ha movido, también, una observación que le hicieron a mi editora hace unos meses sobre que una novela que había traducido «sonaba raro», por lo que ella sugirió que añadiese una nota en la segunda edición explicando por qué. Lo hice, no de buena gana, puesto que el original, como le había señalado ya, en ocasiones iba a sonar forzado en español. Algo explicable teniendo en cuenta que la novela de marras había sido montada —en el sentido cinematográfico, que en inglés se corresponde con edited— a partir de unos borradores dejados por su autor, ya muerto.

En mi versión del libro sobre la marihuana y derivados, mantengo mi opción de usar «psiquedélico» en lugar del habitual «psicodélico». Según he explicado bastantes veces, lo hago porque se deriva del inglés psychedelic, una palabra que procede de la unión de  los términos griegos ψυχή, «alma», y δήλομαι, «hacer visible», «manifestar». Los primeros psiconautas, americanos sobre todo, no dijeron pycodelic, como podría haber hecho perfectamente. Justo lo que ocurre cuando se trata de la interminable serie de los términos que van antecedidos de psycho, y en español, de «psico», que empieza más o menos, y sobre todo en Argentina, con «psicoanálisis». Es también muy posible que mi elección de «psiquedélico» se deba a motivos basados en el esnobismo. A algo así como una forma de indicar que participé desde la primera hora de un interés, teórico y práctico, por las sustancias amplificadoras de la mente.

La broma que acabo de hacer sobre el psicoanálisis y los argentinos espero que no se la tomen a mal algunos autores de ese país que han respondido a anteriores trujamanes míos. Me sirve, en realidad, para llamarles la atención sobre que en un capítulo del libro se incluyen dos páginas de términos —ingleses, claro—, usados en la jerga de los fumetas. Los he traducido —es un decir— por los equivalentes que conozco de modo directo que se usan en Madrid, Barcelona y Málaga… y Buenos Aires, Santiago y México D. F. entre otras ciudades de Latinoamérica con cuyos coloquetas he mantenido contactos.

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