POESÍA
Por Clara Janés
Me llega un libro cuyo mero título me despeja la mente con el aire fresco de un amanecer: Prosopoemas del arte de la escritura. Todo el castillo de naipes respecto a si al escribir poesía a renglón seguido se le puede llamar «poesía en prosa», «prosa en poemas», versículos, unidades rítmicas o «tendido verso» se cae ante la sola palabra «prosopoema». Se trata de una obra de Weng fu y su traductora es Pilar González España.
Pilar es una traductora de tal sutileza y atrevimiento que uno se plantea: ¿responde lo que leo al original? Pues bien, basta tener este libro en la mano para saber que sí: ocupan mucho más espacio las explicaciones de la traducción de cada ideograma que el texto en sí mismo. En su día, ella misma nos dio a conocer, con Jean Claude Pastor-Ferrer, Los capitulos interiores, de Zhuang Zi (Trotta, 1996). Este filósofo del siglo iv a. C. nos pareció ya de nuestros días: encierra los conceptos de relatividad, incompletitud, unidad en la multiplicidad y parcialidad de todo enunciado, es decir, inseguridad o indeterminación. Nos dice que hay que respetar las cosas como son —caóticas, huidizas— y estar abiertos al hecho de que sueño y realidad pueden no diferenciarse.
Igualmente sentimos como coetánea nuestra a la poetisa Li Qingzao, nacida en 1081, otro de los grandes nombres que la traductora nos ha dado a conocer (Poesía completa. 60 poemas ci para cantar, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo). A través de los poemas vemos a esta dama moverse libremente no solo en el mundo exterior sino en la intimidad, hablar del vino, de los libros, de la ropa. Crea, de hecho, una atmósfera que vibra en cada palabra y se hace cómplice, espacio que surge, muchas veces, a través de captaciones de los sentidos: colores, perfumes, sabores, tacto; y, además, incorporando el tiempo, el tiempo del día y de la noche —con su puente de estrellas—, el tiempo medido por las clepsidras, las estaciones, la eclosión o marchitarse de las flores, la madurez de los frutos o la caída de la hoja. De este modo se van definiendo unos puntos básicos del conocimiento, por ejemplo los cuatro elementos: agua en forma de lluvia, rocío, lágrimas, lagos; aire en la de viento, huracanes, vuelo de las aves; fuego en la de llamas, humo, brasas del incienso; tierra donde crecen los árboles, las hierbas, donde hay montañas, horizontes ilimitados, arena para el sueño de las garzas y las gaviotas, y en otoño es una «verde alfombra». Y ella, la poetisa, en medio, convertida en ofrenda amorosa.
Pero el caso de los Prosopoemas es inusitado. Abramos por donde abramos el libro —una teoría literaria que data del siglo iii—, pone sobre aviso a los escritores, y por ende a los traductores, de hoy, de cuanto punto delicado se puede presentar. Dice en el poema «Detrás de las palabras»: Quizá, desde lo más oculto, alcances lo manifiesto. Quizá, desde la sencillez, obtengas lo más difícil y complejo. Y continúa: Pero también puede ser como un tigre que amaga enseñando sus fauces y todas las bestias se conmocionan. Como un dragón que, de repente se hace visible y oleadas de pájaros se aterran. O en el titulado «Justa medida»:
A veces miras atrás y te llama un pasaje previo. A veces miras adelante y te impulsa un pasaje futuro.
Otras veces no hay musicalidad en las palabras, aunque sí hay armonía en sus razones. Puede ocurrir que el lenguaje fluya libremente, mientras las ideas se detienen y bloquean.
Si uno evita todas estas dificultades, se multiplica la belleza. Pero si uno las arrastra paralelas, el fracaso se duplica.
Desde el siglo iii, pues, nos advierte Weng fu sobre el empleo del lenguaje a los que trabajamos con él, para que no ahuyentemos al lector y sepamos envolverlo en la seducción de la armonía.