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Lunes, 24 de enero de 2011

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Errores

Una postal desde Pekín

Por Ricardo Bada

Un matrimonio amigo, masoquista, estuvo de vacaciones en China y me envió desde su capital una tarjeta a cuyo reverso podía leerse la versión tetralingüe del nombre del edificio que ornaba el anverso, y que decía así:

The Pavilion of Eternal Spring in the Imperial Garden
Der Pavillon der Ewigen Jugendlichkeit im Garten des Kaiserpalasts
Le Kiosque du Printemps permanent (Chang Chun Ting) du Jardin impérial
Il Padiglione Changchun nel Giardiano imperiale.

Ahora bien: resulta evidente que «el pabellón de la eterna primavera en el jardín imperial» no es exactamente lo mismo que «el pabellón de la eterna mocedad en el jardín del palacio del emperador», ni tampoco que «el kiosko de la primavera permanente del jardín imperial», ni por supuesto que «el pabellón Changchun» del susodicho jardín (y por cierto que no sabía yo que los italianos fuesen tan versados en idiomas extranjeros, hasta el punto de llamar a los edificios por sus nombres originales).

Aún más curioso que todo ello es el hecho de que en las versiones inglesa, alemana e italiana se usara una palabra de origen francés para designar al edificio de marras, mientras que en francés se decantaron por una de procedencia árabe. Y nada digo aquí del ninguneo de la exclusión del castellano como lengua turística, porque eso es harina de otro costal. O arroz de otro cuenco.

(¿Qué pasaría —me pregunto— si existiera [no descarto que exista] una tarjeta postal de la fuente con el monumento al Ángel Caído, en el Retiro madrileño, a cuyo reverso pudiera leerse esto?:

The Fountain of the Fallen Angel in the Retiro Garden
Der Brunnen des gefallenen Engels im Buen Retiro-Park
Le Monument au Ange Luzbel [ángel caído] du Parc El Retiro
La Fontana Angel Caido [sic] nel Giardino municipale).

La cuestión de los toponímicos y de su exacta transcripción en otros idiomas no es tan baladí como pudiera parecer a simple vista. Lo puedo demostrar con varios ejemplos de traducciones alemanas de novelas y relatos argentinos en los que hacen su aparición una calle, una plaza, una avenida San Martín, así nombradas en honor del general homónimo, libertador y prócer de la independencia patria. Pero por no saberlo los respectivos traductores (que documentaban de ese modo su desconocimiento de la historia del país paisaje de fondo de la novela o el relato), esa calle, esa plaza y/o esa avenida pasaron a ser, en alemán, del «Heiliger Sankt Martin», es decir, del santo del calendario cristiano. Aquél que, según la leyenda, repartió su capa con un pobre, demostrando con ello una tal roñosería que no acierto a saber por qué fue alzado a los altares por el Vaticano.

Tanto de lo mismo tengo registrado en la traducción de una biografía inglesa de Mussolini publicada en España en 1963, y donde cinco veces, cinco, se menciona la ciudad de Génova… cuando la que aparece en el original es Geneva, y Geneva, en el idioma de Bernard Shaw, quien tiene una obra de teatro titulada así, es Ginebra.

(En inglés, Génova es Gènes, como en francés, y en nuestro idioma la hemos introducido de contrabando a través de los bluyines, cuyo nombre original, blue jeans, sólo quiere decir que esos pantalones se hacían con la tela azul típica de la ropa de trabajo de los pescadores genoveses. Y otro préstamo contra natura, del francés en nuestro idioma, es el de la ciudad neerlandesa La Haya… ¿o es que alguien de ustedes suele decir «la haya» cuando se refiere al árbol llamado «el haya»?)

Claro está que a veces, como sugirió agudamente Borges, las erratas sirven para mejorar ciertos textos, y no digamos ya los errores. Así, por ejemplo, en mi guía alemana de Madrid, ante algún que otro despiste (como Teatro Esclava por Teatro Eslava) uno siempre tiene tendencia a sonreír disculpando, pero si encuentra rebautizado al «blablamento» de la Carrera de San Jerónimo como Congreso de los «Disputados», prorrumpe en vítores y hurras por el involuntario acierto en la diana.

En cualquier caso, nada de todo esto que llevo relatado es en manera alguna comparable con una tarjeta postal vieja (más que vieja: antigua) de Huelva, que guardo como un tesoro, y donde el muelle de pasajeros pasó a convertirse, ay Dios, en «muelle de pajeros».

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