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Jueves, 20 de enero de 2011

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Traductología

Muy propio (VI)

Por Gonzalo García

En algunos aspectos —quizá por simple sentimentalismo, no lo sabría decir— sí creo que estamos cediendo de más. Si entendemos que la literatura traducida ha de ser, ante todo, literatura, no veo por qué renunciar a la significación potencial de los nombres propios. En muchos de los nombres de la serie de Harry Potter, por ejemplo, se juega con el lenguaje de un modo que no escapa a los lectores ingleses y sí a los españoles que no se manejen lo suficiente en inglés: en Slytherin está la astucia (sly), Ravenclaw es literalmente «garra de cuervo», la profesora de Botánica se llama Sprout («col de Bruselas»), los amigos de Malfoy son Crabbe (crabby, «refunfuñón») y Goyle (gargoyle, «gárgola»). Otros matices quizá quedan más cerca de nuestra lengua romance, como el male foi del propio Draco.

En tales circunstancias, uno se siente tentado de apelar a la tradición. Dejándonos de esencialismos ni de patrias, que poca cosa tienen que ver con la literatura ni la verdadera tradición, ¿se animan? Yo empezaría por los cuentos al amor de la lumbre, por los que fueron recorriendo caminos en las bolsas de los peregrinos y los comerciantes. A aquel Hans im Glück de los Grimm, ¿no se lo ha ido recibiendo en cada lugar con el nombre del lugar, desde el Lazy Jack de los ingleses hasta nuestro Juan el gandul? (Hablando de los Grimm no me resisto a recomendarles la estupenda traducción de Pedro Gálvez, con ilustraciones de Oliveiro Dumas, en El señor Korbes y otros cuentos de Grimm, de Media Vaca).1

De abuela a abuela y de habichuela a habichuela, los Jack siempre han sido Juan. Aunque como siempre que metemos la voz siempre, por bonito que suene, no es así. De hecho, incluso cuando España era un país aislado de Europa, la traducción era una mezcla heterogénea de opciones; con menos peso del inglés, claro, pero sobre todo porque faltaba en la vida en general mucho más que en la literaria. De modo que no sé si existe la tal tradición —fuera de los cuentos populares, donde existe sin lugar a dudas, y la han recopilado folcloristas como Antonio R. Almodóvar, de quien antes he tomado la lumbre— o si hablamos solo de tendencias.

Por veinticinco pesetas la respuesta, echen mano a sus recuerdos: ¿quiénes eran los Siete Secretos? Con el orden que más me conviene ahora les refresco que eran Peter, Janet, Colin, Jack, Pamela, Bárbara y Jorge.2 Hablamos de una traducción de 1962 y «ya entonces» no queda muy claro dónde se quiere situar al lector. ¿Adaptamos o no? ¿Si nos decantamos por Peter, por qué Jorge y no George? ¿Y si va bien Jorge, por qué entonces Peter y no Pedro?

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  • (1) Valencia, 2001. volver
  • (2) En la edición de la editorial Juventud. Copio del primer volumen, El club de los siete secretos, traducido en 1962. volver
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