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Lunes, 17 de enero de 2011

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Profesión

Roma se traduce «Roma»

Por Carmen Mata Pastor

Ignoro si alguna vez alguien se ha hecho rico traduciendo. Confieso que no sólo no aspiro a ello sino que ni siquiera vivo de la traducción. Traduzco por dos motivos: porque creo que debo mantener en forma mi competencia traslativa para poder instruir a mis alumnos de traducción y, sobre todo, porque traducir me gusta más que comer con los dedos.

Sin embargo, si la traducción se realiza como actividad profesional (paralela a la principal, en mi caso, como vengo diciendo), parece lógico y justo que te paguen por ello. Pues bien, les relato una experiencia personal reciente que me ha provocado una profunda indignación.

Cierta agencia de traducción de Madrid se pone en contacto conmigo y, sin mediar prueba de traducción alguna, me pide un breve currículo y me pregunta si estoy dispuesta a traducir 18.000 palabras del italiano al castellano sobre un pintor contemporáneo; el nombre del cliente final queda velado pero intuyo que se trata de uno de nuestros grandes museos. Llegamos a un acuerdo sobre precio y plazos. Una sola indicación: no se traducen los títulos de las obras ni los nombres de las exposiciones. Me envían cuatro archivos que suman las 18.000 palabras acordadas. El primero de ellos es una biografía del pintor italiano, que traduzco y entrego. Los tres archivos restantes son, respectivamente, una relación de exposiciones del maestro, una bibliografía razonada y una videografía sobre el artista y su obra. Se trata de textos pesados, y desaliñados a veces, en los que hay que dejarse las pestañas para distinguir lo entrecomillado de la cursiva, de lo que está en inglés o en otros idiomas y ha de quedarse tal cual —o no—, de lo que está en italiano y debe ser traducido —o no—, de las fechas que a veces exigen retoques y a veces no, etc. He aquí varios ejemplos encabezados por el texto original seguido de la traducción:

1957-58
Galleria Nazionale d'Arte Moderna, Roma, Pittori moderni della Collezione Cavellini, mag.-lug. (testi di P. Bucarelli, G. Carandente), successivamente: Musée des Beaux-Arts, La Chaux-de-Fonds, Collection Cavellini, 18 janv.-2 mars (testo di P. Seylaz); Kunsthalle, Basel, Sammlung Cavellini. Moderne italienische Maler und Maler der École de Paris,13 Mrz.-17 Apr.

1957-58
Galleria Nazionale d'Arte Moderna, Roma, Pittori moderni della Collezione Cavellini, my.-jul. (textos de P. Bucarelli y G. Carandente); a continuación: Musée des Beaux-Arts, La Chaux-de-Fonds, Collection Cavellini, 18 en.-2 mzo. (texto de P. Seylaz); Kunsthalle, Basilea, Sammlung Cavellini. Moderne italienische Maler und Maler der École de Paris, 13 mzo.-17 abr.

1963
The Beaverbrook Art Gallery, Fredericton, The Dunn International, an exhibition of contemporary painting, Sept. 7-Oct. 6, successivamente: Tate Gallery, London, Nov. 14-Dec. 14.
Konsthallen, Konstförening, Göteborg, Sex Italienare, 19 ott.-3 nov., successivamente: Moderna Museet, Stockholm.

1963
The Beaverbrook Art Gallery, Fredericton, The Dunn International, an exhibition of contemporary painting, 7 sept.-6 oct.; a continuación: Tate Gallery, Londres, 14 nov.-14 dic.
Konsthallen, Konstförening, Gotemburgo, Sex Italienare, 19 oct.-3 nov.; a continuación: Moderna Museet, Estocolmo.

1991
M. Apa, Trovare Origine, «Flash Art», ed. italiana, Milano, ott.-nov.
M. Bertoni, Alberto Burri, «Segno», Pescara, ott.-nov.
G. Serafini, Muzej Alberta Burrija v Città di Castello, «M'Ars», n. 2-3, Ljubljana, poletje-jesen.
D. Guglielmino, Alberto Burri: in pursuit of the metaphysical experience, «The Journal of Art», New York, nov.
M. Matteini, Ruderi di Gibellina: giardino e paesaggio, «Labirinti», Gibellina (TP), nov.

1991
M. Apa, Trovare Origine, «Flash Art», ed. italiana, Milán, oct.-nov.
M. Bertoni, Alberto Burri, «Segno», Pescara, oct.-nov.
G. Serafini, Muzej Alberta Burrija v Città di Castello, «M'Ars», n.os 2-3, Liubliana, verano-otoño.
D. Guglielmino, Alberto Burri: in pursuit of the metaphysical experience, «The Journal of Art», Nueva York, nov.
M. Matteini, Ruderi di Gibellina: giardino e paesaggio, «Labirinti», Gibellina (Trapani), nov.

Terminado el trabajo antes de la fecha pactada, lo envío a la agencia. Tras insistir en reiteradas ocasiones, me envían los datos para emitir la factura por el servicio de traducción prestado junto con el recuento de palabras que la agencia pretende que le facture. Primer archivo: tiene 1894 palabras y se factura completo; segundo archivo: de 4653 palabras se facturan 1256; tercero: de 5007, 1828; cuarto: de 7311, 2148. O sea, de un recuento total de 18.865 palabras (del texto de destino) se me insta a que facture 7126, menos de la mitad. Me pongo en contacto con la agencia telefónicamente y alegan que «sería deshonesto facturar el 100% cuando gran parte del texto, como números, palabras en inglés, nombres de obras, topónimos, etc. no se traduce. Y me ponen como ejemplo: «Es que tienes que entender que Roma se queda como está».

Hasta ahora pensaba que no traducir era una decisión del traductor, digamos que una técnica por la que optaba el profesional en función de factores de distinta naturaleza, a veces inmediatamente y a veces tras no poco tiempo de consulta y reflexión. Sólo espero que la experiencia no sea, en este caso, la madre de la ciencia.

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