Autores s. xx
Por Andrés Ehrenhaus
Si alguien encarna en letra viva la paradoja del ortiva que se delata a sí mismo, ese es Samuel Beckett. Como un Tiresias moderno que purga el karma de quién sabe qué mácula ancestral, Beckett escribe alternativamente, y durante largos períodos, en inglés, en francés, en inglés, en francés… y además se traduce de una lengua a la otra. Beckett practica una literatura de la disolución del yo a través del lenguaje, del apagón sistemático y progresivo del alma, una suerte de iluminación al revés, y sin embargo, incapaz de eludir el imperativo benjaminiano, acaba iluminando, al traducirse, esas zonas donde la sombra no es obra suya sino de los rizomas propios de cada lengua. Me explicaré con ejemplos, pero antes un poco de historia.
Los hechos son conocidos. El joven Samuel viaja por Alemania y Francia y finalmente se instala en París durante largas temporadas en busca de la distancia que lo proteja del furibundo amor materno y la asfixiante atmósfera social irlandesa allí donde un intento de intensa terapia en Londres ha fracasado. En París frecuenta a los Joyce, flirtea con Peggy Guggenheim, recibe una puñalada azarosa en el pecho y esa madrugada de 1938 se deja rescatar por una profesora de piano, Suzanne Deschevaux-Dumesnil, que será su compañera de por vida. Durante la ocupación nazi, ambos colaboran un tiempo con la Resistencia. Beckett no parece muy beckettiano que digamos. Eppur…
En algún momento de 1937, escribe lo que se considera su primer poema serio en francés, que titula «Dieppe». Desde esa playa continental se despide de la lengua inglesa y pone en marcha su trueque programático: necesita, afirma, para su proyecto literario una lengua menos yoica, menos preñada de sentido, menos polisémica, más funcionarial, y el francés le viene que ni pintado. El francés, se convence, dice mucho menos que el inglés. Beckett aspira a una lengua no connotativa, que no le imponga un estilo, que no venga forrada de déjà vus. Y todo va viento en popa hasta que se pone a traducir. Porque tarde o temprano también el francés termina mostrándole su hilacha.
Tomemos por ejemplo una de sus novelas más esotéricas, Commant c’est, que él mismo tradujo y tituló en inglés How it is. En el título original hay un chiste, como es la homofonía con commencer, que tiene mucho que ver con el barro primigenio en el que se arrastra y zozobra Belacqua, el narrador y casi único personaje. No obstante, la traducción del propio Beckett es clarificadora: al optar por el sentido lato y sacrificar el juego, parece castigarse por haber caído en el pecado —inherente a toda lengua y no sólo al inglés— de la frivolidad caleidoscópica. Pero el mal ya está hecho y la traducción no hace sino subrayarlo.
En «Dieppe», la operación es en apariencia inversa. Allí donde Beckett escribe «encore le dernier reflux / le galet mort / le demi-tour puis les pas / vers les vieilles lumières», Beckett traduce «again the last ebb / the dead shingle / the turning then the steps / towards the lighted town». En ese último verso, el claro en el bosque que se abre entre las viejas luces y la ciudad iluminada es notable. La antropología estructural se haría un festín hurgando en ese tajo; y la crítica inexistente de la traducción podría hincar ahí una palanca copernicana (¿qué mejor punto de apoyo que la autoridad que proporciona la autotraducción de un autor?). Beckett examina la materia de la que están hechos los versos —¡sus propios versos!— y, como si esas viejas luces languidecientes lo impulsaran a pedir mehr Licht, le aclara al lector inglés que está hablando de París. Nuevamente el misterio de la traducción lo convierte en un buchón, un lenguaraz, un delator de lo no articulado.
Cuando, al cabo de los años, Beckett vuelva a vestir tiresianamente los hábitos del inglés, sus traducciones al francés seguirán la misma inevitable tónica, porque el buen traductor no sale al monte sin su infiel linterna de bolsillo.