Autores a. s. xx
Por Mariano Antolín Rato
Igual que les pasa a tantos, la Odisea, de Homero, es uno de los libros importantes en mi vida. Supongo que en eso tuvo bastante que ver la primera lectura traumática de Ulises, de James Joyce. La hice en una semana, a base de anfetaminas, varias glaciaciones atrás, cuando estudiaba primero en la facultad. Como nunca he participado de ese gusto generalizado por hacer listas de los libros preferidos —suelen aparecer periódicamente en la prensa— no podría responder si prefiero ese original a la secuela de Joyce. Sí que el libro que más veces he leído, y por tanto debo sentir debilidad por él, es Cumbres borrascosas —y me refiero a la única novela de Emily Brontë, Wuthering Heighs, un título cuya traducción al español se discute. Hay autoridades en la materia que proponen Cimas tempestuosas, Altos ventosos y otros muy bien argumentados conceptualmente. Pero de momento no han podido desplazar al habitual.
En la Odisea, sin embargo, hay algo ausente que me conmueve especialmente. No sabría calificarlo, pero aparece de modo destacado en un pasaje del canto XVII, al que siempre voy en primer lugar cuando me encuentro con una versión de la obra —y desde la primera que leí perpetrada por Juan B. Bergua han sido unas cuantas, y en varios idiomas—. En él Ulises acaba de regresar a Ítaca, donde unos usurpadores pretenden a su mujer, Penélope —parecida a Ártemis o a la áurea Afrodita—, y va a vengarse. Se ha disfrazado de mendigo y mientras habla con su porquero, distingue un perro muy viejo, cubierto de garrapatas, tirado en el estiércol. Es el suyo, Argos, que lleva veinte años esperando la vuelta de su amo. Al verle, el perro mueve alegre el rabo y pone tiesas las orejas, pero ya no tiene fuerzas para correr junto al que lo crió y llevaba de caza. Ulises no puede delatar su presencia aún, y Argos muere al fin sin una caricia, aunque contento de haber vuelto a ver a su nunca olvidado dueño.
Puede que a Joyce no le gustaran los perros. En la monumental biografía suya de Richard Ellman no recuerdo que se mencione que tuviera alguno y sólo aparece un perro en un relato de Dublineses donde un personaje no pone nada bien a ese tipo de animales. En cualquier caso, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, señalaré que a mí sí me gustan, y también los gatos —sobre los que, dicho sea de paso, hay tanto escrito como sobre el gusto—. A propósito de estos últimos he leído últimamente una colección de piezas breves de Rebecca West (Uncollected Prose), que, aparte de placer, por cuestiones profesionales me planteó problemas. Cuenta Ms. West que tuvo que llevar a castrar a su gato. Y ella, muy modosa, escribe: «I have him doctoring». Lo que me remite a una pregunta que me hicieron ayer mismo unos vecinos ingleses especialmente remilgados referida a lo mismo, sobre un cachorro nuevo que tengo: «Do you has been done the puppy?». El contexto lo resolvería, decidí ante aquella muestra de gazmoñería. Aunque no pude dejar de agradecerles que, poco después, cara al mar, señalaran que en éste había «white horses». Con lo que se referían a esas pequeñas olas que rompen en su superficie cuando está algo picado y que se suelen llamar «cabritillas», y en Gijón, donde nací, «gallolines».
In illo tempore traduje una canción de los Rolling Stones titulada White Horses. Y yo, enteradillo, supuse que se refería a la heroína, o caballo, o jaco, o avispa, según creo dicen en Buenos Aires, ignorando el juego de palabras.
Bueno, pues tantas idas y venidas a lo Tomás Iriarte y su ardilla, por fin me llevan a lo que iba cuando ya me he pasado de espacio. Que el traductor de una de las más legibles versiones de la Odisea que conozco, y uno de los pocos sabios que quedan, Carlos García Gual, escribía de una reciente de la Ilíada, (en Alianza como la suya) obra de Óscar Martínez García «está a la altura de la mejor de sus precursoras».
La conseguí, a pesar de mi «odiseamanit», y en la introducción, sólo afeada por un «cuestiones puntuales» —expresión que aborrezco—, leí que era necesaria una traducción nueva cada cierto tiempo, pues a veces los giros contemporáneos que entonces el lector consideró literarios, hoy han quedado en desuso.
¿No ocurrirá algo parecido con el espacio que con en el tiempo? —me sugirió—. Y así empecé a considerar la posibilidad de que las distancias geográficas influyeran en las traducciones lo mismo que las cronológicas. Algo que queda para la próxima vez.