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Martes, 17 de diciembre de 2013

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Autores s. xx

Disección de una traducción (XIII), o «Imágenes» (1)

Por Miguel Ros González

La vida agria, como la novela autobiográfica escrita por un traductor que es, está repleta de imágenes de la traducción y del traductor, en las que unos nos veremos menos reflejados que otros. He procurado recogerlas aquí, limitándome a agruparlas.

Meter la cabeza: las pruebas de traducción, la ilusión, el fiasco

Así que probé suerte con la traducción […]

También la amable señora que me había invitado a esperar en la salita me dio algunos consejos que yo seguí al pie de la letra, porque aquélla, además de consejos, daba trabajo […] Me recomendó encarecidamente que fuera fiel al texto, que consultara a menudo los diccionarios, que estuviera muy atento a las frecuentes trampas que tendían las lenguas, porque, por ejemplo, en inglés eventually significa «finalmente», que tuviera siempre a mano un buen diccionario monolingüe, el Palazzi, el Panzini, etcétera, que evitara siempre las rimas, «ado ado», «ente ente», «ción ción», tan frecuentes en los traductores primerizos; que escribiera «detrás de ti» y demás, en lugar de «detrás tuyo», salvo en las novelas policíacas, en las que se puede poner «detrás tuyo» porque, a fin de cuentas, al lector le interesa sólo la trama.

Pero a mí no me dio una novela policíaca, sino un libro más serio, una vez que le hube prometido que no olvidaría sus consejos. Recuerdo que compré un periódico de la tarde con el que envolví el libro, por miedo a que la cubierta se manchase en el tranvía, y regresé a casa contentísimo. Anna me prometió que, además de pasarlo a máquina, me ayudaría a buscar las palabras en el diccionario y a revisar la puntuación. Volver a trabajar a cuatro manos y poder intercambiar una sonrisa de vez en cuando era magnífico, y para el sábado las veinte cuartillas de la prueba ya estaban listas, así que se las llevé a la señora viuda.

Fue tan firme como maternal cuando me convocó para comunicarme que mi prueba de traducción no había sido lo suficientemente satisfactoria […]

[La edipora maléfica]

—¿Quiere un consejo? Primero cúrtase en alguna editorial pequeña, vuelva pasados unos meses, un año. Y acuérdese de mis consejos.
Aquella noche no pegué ojo, puede que hasta llorara.

Las (otras) ventajas del traducir a cuatro manos

Una noche volví a casa todo ufano porque por fin había aparecido un trabajo de los importantes. Le enseñé a Anna el libro que tenía que traducir.
—Me dan trescientas liras por página —le expliqué.
—¿Y cuántas páginas son? A ver, a ver…
—Más de trescientas, ¿sabes? Al final van a aflojar casi diez billetazos de diez mil […] Hay que acabarlo en un mes. Dicen que es urgente.
—¿Y yo puedo ayudarte?
[…]
—Claro, tú te pones con la máquina, yo me apalanco aquí en la cama como un marqués, con el libro y el diccionario, y dicto.
Anna estaba contenta, decía que sería bonito pasar las noches y los domingos trabajando juntos.
—Ahora pórtate bien —me decía—. Llegamos a la décima cuartilla y luego hacemos el amor.

El sabor de las palabras (y para gustos, los colores)

—No, espera, mejor decirlo así: pues, de entre todas las cosas, el agua era lo más preciado para nosotros.
—¿Crees que queda mejor así?
—Pues claro, tiene un sabor más arcaico, escucha. Parece el fragmento de un presocrático.
—¿Qué se supone que es eso?
—Te lo explico otro día, ahora escribe: pero era un nombre demasiado largo para esa cosita…
—La cosita, la casita, el poquito, el ratito, todos estos diminutivitos…
—Oye, tú, ¿por qué te burlas de mí? Es lo que dice el texto, un nombre demasiado largo para esa cosita tan menudita que lo llevaba.
—Eso sí que no, esa cosita tan menudita, por ahí no paso. Pon cosa, que suena mejor.

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