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Viernes, 14 de diciembre de 2012

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Autores s. xx

La nueva traducción inglesa de Tirano Banderas de Ramón del Valle-Inclán (1). Contextos de lectura

Por Peter Bush

Un traductor no puede aislar la traducción en la que trabaja de los recuerdos que él mismo tiene en relación con las lecturas previas que, a lo largo de los años, ha hecho del texto. Esto es especialmente relevante en el caso de los clásicos, ya que dichas lecturas pueden incluso ser lo que lo motiva a acometer el reto de realizar una nueva reescritura de la obra. La memoria es una herramienta clave para el traductor, y, en mi caso, fue un elemento primordial a la hora de reinterpretar una de las grandes novelas modernistas del siglo xx, Tirano Banderas; una obra que abarca historia, metáfora, retórica y ritmo, es decir, todas las vertientes del esperpento. Además, la memoria pertenece a la conciencia, al mismo tiempo cambiante y estable, del sujeto traductor, quien a su vez se inscribe en una actualidad que puede influir en su trabajo del modo más inaudito e inesperado.

Mi primer ejemplar de Tirano Banderas tiene los aromas madrileños de un verano, el del año 1965. Estamos en agosto, en la calle Arenal, bajo un sol de justicia y rodeados del hedor que desprenden las cloacas. En la esquina, un ciego con muñones y muletas vocifera: «¡Veinte iguales para hoy!». Y en esa calle, en una librería sumida en la penumbra, descubro el Tirano Banderas y el Ruedo Ibérico en la maravillosa edición de 1954 de la editorial Nova, en papel especial, filigranas William Morris y ni una nota a pie de página. Además, los libros son baratos. Yo tengo diecinueve años y estoy disfrutando de unas largas vacaciones tras haber terminado el primer curso de la carrera de Lenguas Modernas y Medievales en Cambridge. En Madrid, doy clases de inglés en una academia, propiedad de un refugiado que tuvo que escapar de Madame Guillotine a causa de su adhesión al régimen de Vichy. Le gusta a don Francisco encararse conmigo en el vestíbulo, puro en boca, para preguntarme, «¿A quién prefieres, a  Platón o a Aristóteles?». Como profesor, me llamo Mr Addison, y mis colegas tienen nombres tan pintorescos como Mr Shakespeare o Miss Austen: todos vamos de incógnito, para evitar el papeleo. Han transcurrido veintiséis años desde la derrota de los republicanos en la Guerra Civil, y en las clases de conversación avanzada mis alumnos quieren hablar de Lorca y del estado de bienestar inglés, de democracia y prensa libre. Comparto dormitorio en una pensión en la calle Fernando el Católico con un peruano de Arequipa que se ofende cuando le digo que tiene rasgos de indio —¡soy un inglés de provincias!—, aunque se ofrece a explicarme algunas palabras de Valle-Inclán que no comprendo. Poco a poco, me voy enterando de que doña Carmen, la dueña de la pensión, regenta un bar de alterne. Muchas noches, hacia las nueve, doña Carmen sale de la pensión vestida de lamé y luciendo un generoso escote. El contexto en el que vivo me ayuda a entender lo que leo.
 
Han transcurrido más de cuarenta años y ahora vivo en Barcelona. En mi viaje anual a la Feria del Libro de Londres, llevo como siempre la lista de los libros que me gustaría traducir junto a mi agenda, en la que figuran las citas que he concertado con los editores de este mundo anglosajón que traduce tan pocos libros: una de las citas es con Edwin Frank, de la New York Review of Books, que toma nota de mis recomendaciones. Doce meses más tarde, dice sí a Tirano Banderas. En el intervalo no hemos tenido ningún contacto, de modo que su encargo es una de esas agradables sorpresas que a veces nos da el mundo cultural anglosajón.

Releo la novela en las ediciones de Zamora Vicente, con sus numerosas páginas de glosario léxico, pero me doy cuenta de que el lenguaje de Valle-Inclán, pese a su abundante uso de americanismos, ya no es tan difícil; tampoco es lo único que le confiere valor artístico. Ahora tenemos Google; desde pequeños los niños escuchan al Pato Donald doblado en el español de México y ven series realizadas en Buenos Aires; en el colegio, según el barrio y la clase social, tienen amigos de Ecuador o Chile, y, en casa, asistentas colombianas. La variedad del español forma parte del día a día.

En Tirano Banderas, el traductor tiene que estar atento a los guiños camp y a las referencias cubistas que hay en la novela, a las parodias literarias del romanticismo y el modernismo, al ritmo y el movimiento cinematográfico y teatral, y a las alusiones al lejano Oeste. Y todo esto nos ayuda a ver que, por muy hispánicos que sean don Santos y Tirano Banderas, los personajes creados por Valle-Inclán se asemejan a Mugabe y a Mubarak, a Gaddafi y a Assad, por poner sólo algunos ejemplos, y que la sociedad nacida de sus dictaduras es tan esperpéntica como la que el escritor gallego describió en 1926. 

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