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Jueves, 13 de diciembre de 2012

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Traductología

Un apólogo sobre la traducción y la escritura

Por Jorge Bergua

Uno de mis proyectos soñados es el de escribir un ensayo sobre historia cultural de la voz en Occidente, en el que se abordaran cuestiones como éstas: la phoné de los griegos como voz y como lengua, el desarrollo de la voz interior, la voz literaria o del narrador, el milagro de la música a varias voces… En un estudio así, por fuerza habría que conceder un espacio importante a la traducción, y concretamente a lo que podríamos llamar, algo pomposamente, «el traductor como ventrílocuo», o sea, como aquel que presta su voz a otra persona ausente, imitando o remedando en cierto sentido su sonido original. Y fue el otro día, en la presentación en Málaga del estupendo libro de Salvador Peña En pocas palabras. Apuntes de un trujamán (Comisión Europea /Instituto Cervantes, 2011), cuando se me ocurrió que el mejor apólogo —seguramente involuntario— sobre este aspecto de la traducción podría ser el breve texto El imitador de voces (Der Stimmenimitator), que da título al conocido libro de Thomas Bernhard (1978, traducción española de Miguel Sáenz, publicada en 1984).

El relato cuenta, con la sinuosa sintaxis y el indefinible humor cáustico bernhardiano, cómo un gran imitador de voces actúa varias veces en Viena, e incluso al final accede a satisfacer las peticiones del público de que imite voces de personas determinadas, pero cuando se le pide que imite su propia voz, dice que eso no puede hacerlo. Creo que más de un traductor con alguna vocación de escritor (es decir, la mayoría) podría ver ahí reflejado su propio dilema: estar constantemente adoptando otras voces, haciéndolas suyas, puede llegado el caso sofocar la propia hasta el punto de hacerla inaudible, o amorfa, ingresando al fin en un estado no demasiado distinto a lo que imagino debe de ser la esquizofrenia.

Un fenómeno conexo, aunque desde luego en un plano distinto, es el de los actores que dan voz a los escritores (normalmente en su lengua original) en los audiolibros, que tanto éxito han conocido en los últimos decenios, y que forman parte de la gran reorganización de la oralidad y la escritura que profetizara en su día McLuhan. Tengo que decir que en principio a mí me causa cierto malestar este «género», al menos cuando se trata de narrativa, y es que, por acertada que sea la lectura, me resulta difícil sobreponerme a la sensación de intrusión, como si alguien no invitado se estuviera interponiendo e impidiendo así que fragüe esa voz mixta, esa extraña mezcla entre la «voz» del autor y la del propio lector, que a modo de acorde más o menos estable emerge de la lectura prolongada, en silencio, de un libro (pues, no nos engañemos, incluso en la más silenciosa de las lecturas siguen sonando voces en nuestro interior; de lo contrario no entenderíamos nada). Claro que hay excepciones para todo. Sin ir más lejos, la hay para el citado libro de Bernhard, que tuvo la fortuna de ser grabado parcialmente por la célebre actriz alemana Marianne Hoppe (CD de DerHörVerlag, 1999), ya nonagenaria; su voz cansada, socarrona, con un tono ligeramente blasé, constituye seguramente la mejor traducción sonora posible de los breves e incisivos textos del austriaco.

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