Películas
Por Marietta Gargatagli
La censura cinematográfica no es patrimonio de nadie y no son pocos los países en donde antes o después se utilizaron códigos y procedimientos para erradicar lo que alguien con poder consideraba peligroso. Lo peculiar es que la censura ideológica y su transformación en censura cultural encontrara en el doblaje un mecanismo duradero para desposeer al espectador español de sus derechos: ver la versión original, deleitarse con el acento de las lenguas extranjeras, disfrutar de las diferencias nacionales.
Todos sabemos que antaño el doblaje convirtió en incesto la relación adúltera de Mogambo, que escamotearon la biografía revolucionaria de Rick Blaine en Casablanca y que Myra Lester pasó de prostituta a actriz de variedades en El puente de Waterloo. Sin embargo, parece formar parte de la fatalidad que James Mason, Orson Wells o James Earl Jones tengan que ser oídos en castellano y que al desaparecer la voz original desaparezcan los detalles que determinan que, afortunadamente, el mundo no está habitado por seres idénticos a nosotros.
No sólo eso. Se pierden elementos estéticos tan relevantes como si se borraran versos de un poema y se pretendiera que el poema sigue siendo el mismo. Ejemplo suficiente de esas mutilaciones es un momento del doblaje de Un tranvía llamado deseo de Elia Kazan cuando el discurso desgarrado de Blanche Dubois es interrumpido por la presencia de una mujer enlutada que vende, en castellano, «flores para los muertos». Esas frases repetidas como una terrible letanía desatan el terror de Vivian Leigh porque pasa de oír un murmullo a entender (cuando la vendedora mexicana lo traduce al inglés) lo que de verdad le están ofreciendo. El contraste entre los idiomas —que se pierde porque todo está en español— es un fragmento de la arquitectura poética de Un tranvía como las palabras extranjeras son parte del tejido dramático de La tierra baldía o de Ulises. Al modificar el original no se extravía poca cosa: se borra el estremecimiento de la actriz, el estupor del espectador y la continuidad de la frase como cita literaria. Otra vez en castellano, otra vez desaparecida por el doblaje, las «flores para los muertos» de Tennessee Williams reaparecen como alusión en Quién teme a Virginia Woolf de Edward Albee, después llevada al cine por Mike Nichols.
Las frases en castellano de Tennessee Williams o de Edward Albee fueron una curiosa anticipación: el cine y las series de EE. UU. están ahora llenas de ellas: saludos, despedidas y expresiones testimonian la larga presencia verbal latinoamericana y su doble origen. Uno: los mexicanos que sin moverse de su pueblo se volvieron extranjeros porque su pueblo cambió de país después del Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848) cuando casi la mitad de su territorio (los estados de California, Nevada, Nuevo México, Texas, Utah y parte de los de Arizona, Colorado, Kansas, Oklahoma y Wyoming) pasó a ser propiedad de los EE. UU. Dos: las migraciones escalonadas de México y de los países de América Central de varios millones de latinoamericanos que, junto con sus descendientes son una parte vivísima de la realidad norteamericana. Hablan, escriben, hacen teatro, literatura, cine, televisión y participan de esas ficciones como actores o como personajes. Pero no son representados en el doblaje español. Aunque sus palabras en la versión original no siempre están en castellano (el idioma de los transterrados del sur es ahora el inglés) la versión traducida neutraliza el acento extranjero que pierde su heterodoxo origen. Y si acaso esas figuras (tan codiciadas por los partidos políticos y por las editoriales)1 hablan en su propia lengua, la versión española los transforma en portugueses, en italianos, en cualquier otra desplazada minoría. En esa curiosa forma de traducir el cine, la América Latina peregrina, como las flores para los muertos, está condenada a desaparecer.