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Jueves, 15 de diciembre de 2011

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Traductología

No se pué ser tan castizo como antes (II)

Por Ramón Buenaventura

Pero quizá estemos en la obligación, los traductores, de echarle valor y correr ese riesgo de que nos tomen por más chapuzas aún de lo que se supone que somos. Como dije más arriba, el texto de esta novela francesa de principios del xx me conduce también a dudas más generales. ¿Por qué razón ha de sonar a castellano castizo una traducción del francés? ¿Por qué no hemos de permitirnos un tufillo galo en el texto, si cuadra? Galo, quiero decir, o italiano, o portugués, o catalán. (Lo que estoy apuntando solo puede aplicarse, me parece, a los idiomas más cercanos del castellano, aunque tampoco cabe excluir su aplicación al inglés, culturalmente próximo; no tengo ni idea de cómo puede hacerse en el caso de textos en ruso, en árabe, en chino). A estas alturas de la globalización, todos sabemos, ya, que allende las fronteras del castellano se hablan otros idiomas y que esos idiomas tienen su propia idiosincrasia, por no decir su propio espíritu, sus propios modos que los distinguen y les dan personalidad. Hacer que un parisino hable como un madrileño es traicionar el original (aunque el caso es que sí, que el parisino y el madrileño manejan ya casi las mismas referencias culturales y pintorescas, publicitarias y de actualidad). Dicho en otras palabras: me estoy volviendo partidario de traducir literalmente las frases hechas, los chistes, las ocurrencias, cuando no sea imposible, sin buscarles equivalencias en español. Se entendería si tradujésemos «tu me promènes en Bateau?» por «¿me estás dando un paseo en bote?» —aquí más bien adapto que traduzco— (pero me temo que no, que no se entiende bien). Los tangerinos viejos éramos muy aficionados a estos juegos poliglotas. «Tiene los ojos como dos puñalás en un tomate» podía trocarse tranquilamente en «il a les yeux comme deux coups de poignard dans une tomate», y los francófonos entendían la mar de bien. Y, además, hacer esto sería ir a favor de la corriente global: son muchas las frases hechas y locuciones que últimamente han entrado en el español por este tipo de traducciones desde el inglés. «La curiosidad mató al gato», por ejemplo, que yo sepa, nunca se había dicho en castellano.

Más ejemplos: tampoco me está pareciendo bien, últimamente, convertir las unidades de medida. No tiene sentido que el dueño de una gasolinera texana le conteste en kilómetros al viajero que le pregunta cuánto falta para Corpus Christi. Nos guste o no, ninguno de los dos implicados tiene la menor idea de qué puede ser un kilómetro. Son transculturizaciones innecesarias, además, porque se da la circunstancia de que nosotros, los súbditos del imperio, sí que sabemos perfectamente cuánto se alarga una milla: 0,3333333 leguas.

Digamos, resumiendo, como cierre del tema, que nuestra actual cultura internacional no parece aconsejar ese casticismo tan defendido otrora por escritores y traductores hispanos. Puede darse el caso de que una traducción deba sonar a inglés, a francés, a ruso, para situar al lector. Sin llegar, claro, a lo que por broma escribe Antonio Orejudo en su estupenda novela Un momento de descanso:

Dice ¿qué estás tú haciendo aquí?
[…]
Digo he venido a visitar a my friend, pero está en una reunión.
Dice ¿esas flores son para él o ella?
Digo sí, ellas son.1

Pero casi.

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  • (1) Sí, lo sé: algo parecido hizo el ínclito don José María Carrascal en una (buena, la recuerdo buena) novela con la que ganó el Nadal (Groovy, 1972): «¿Cómo estás? —Fino». volver
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