Crítica
Por Andrés Ehrenhaus
Como la anticrítica, también la postura acrítica nos hurta a la vista y al reconocimiento públicos, aunque por distintos motivos. Lejos de ser producto de una dizque legítima reacción contra los aguijones paracríticos o, como algunos de sus más férvidos acólitos quieren creer, reflejo de un estado ulterior y casi místico de la modestia, la rama acrítica del arbusto trinitario es viva demostración de los peligros de la ignorancia activa. La conciencia acrítica consiste, sencillamente, en entender la traducción como un fenómeno natural de la misma categoría, por ejemplo, que los accidentes meteorológicos. Nuestras traducciones, carentes de toda implicación estética o de responsabilidad ética, concurrirían de por sí en el espacio cultural, configurando una suerte de constelación de tormentas, claros, brumas matinales y altas o bajas presiones. No hay manera más fácil, rápida e insensible de restarle visibilidad ontológica a lo que hacemos porque, ¿a quién con dos dédalos de frente se le ocurre objetar un meteoro?
Aquel relámpago no ha brillado como debería; la lluvia de ayer estaba más lograda que la de esta mañana; qué bien silba este viento. O tenemos fe y entrevemos la voluntad de un demiurgo detrás de todo esto o convenimos que son cosas que pasan, avatares, contingencias. Así las traducciones: nos salen como nos salen, ad líbitum, puesto que somos médiums, augures, vectores del lenguaje. Criticarlas equivaldría a criticar ese lenguaje en el que chapoteamos y que es aún más natural que nosotros mismos. La conciencia acrítica no sólo no piensa en el lenguaje de las traducciones sino que lo blinda, lo eleva al altar de la verdad infusa: escribo como hablo y hablo como hablan todos (me rodeen o no). Su leitmotiv es tan de cajón como una profecía autocumplida: que quienes traducimos no alberguemos ni pizca de pensamiento crítico de la traducción demuestra sin lugar a dudas que la traducción no es pensable críticamente.
El acrítico, ensoberbecido por su inconciencia, se (y nos) condena al papel de don nadie, dado que el otro supuesto, el de demiurgos inobjetables, lo tenemos harto más difícil. Pero eso no es lo grave; después de todo, la invisibilidad es de las taras que mejor se llevan. Lo grave es que la profesión se resiente, se reblandece, pierde tensión como un globo pinchado y se vuelve cada vez más vulnerable (oh, no, dios mío, otra vez no) a las picardías de la paracrítica. Sí, en efecto, estamos ante un círculo vicioso con todos los ingredientes. Lo único que puede romperlo y devolvernos a la confluencia de una máquina de escribir y un paraguas sobre una mesa de disección es la conciencia crítica. Una vez descubierto el arbusto, la zarza, y puesta a arder, no podemos sentarnos a ver cómo se consume en sus cenizas. Porque el arbusto es una creación nuestra, somos nosotros los que, con nuestra actitud acrítica, espoleamos la paracrítica y luego nos aliviamos los picotazos con la loción tópica de la anticrítica. Sin conciencia primero y voluntad crítica después, nuestro anhelo de visibilidad será siempre una distopía. Un oxímoron.
[Brevísimo epílogo: ¿Qué le faltaría al arbusto para hacerse árbol? Crítica, informa el diccionario, viene de criterio, discernimiento. En la edición del DRAE de 1869 leemos: «Arte de juzgar de la verdad o belleza de las producciones del entendimiento. / Cualquier juicio formado sobre una obra de literatura o arte. / Juicio desfavorable de personas o de cosas». Las ediciones actuales recuerdan la condición pública de ese «juicio» o «arte». No es condición menor, pues alude al compromiso (cultural, ideológico, estético, histórico) que asume necesariamente, lo sepa o no, aquel que se apunta a ejercer ese discernimiento. Como bien apunta Tzvetan Todorov en Crítica de la crítica1, «el comportamiento interpretativo es infinitamente más común que la propia crítica y […], por esta razón, el interés de la crítica consiste, de alguna manera, en profesionalizar ese comportamiento, en poner en evidencia que no es más que una práctica inconsciente». Añadamos: en llevar al terreno de las ideas fundadas aquello que, de lo contrario, permanecería para siempre en el limbo de las opiniones].