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Miércoles, 7 de diciembre de 2011

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Lenguas

Writers in Spanish

Por Mariano Antolín Rato

El inglés, es sabido, se ha convertido en la lingua franca debido, quizá, al poder de un imperio que, como el de los romanos de los siglos iii y iv, se encuentra en decadencia. Pero su dominio de los canales informativos y literarios —los que aquí me importan— continúa siendo aplastante. Ello hasta tal punto, que he llegado a descubrir a un gran escritor en mi propio idioma por medio de la traducción al inglés de un relato suyo. Y me estoy refiriendo a Roberto Bolaño, de quien hace unos meses leí una cosa en el apartado fiction de la conocida revista The New Yorker. Me pareció tan bueno, que no tuve más remedio que dedicarme a la lectura de un par de novelas suyas, que andaban por aquí, y que, no se sabe por qué, aunque no quepa descartar la envidia, seguían sin leer. Este verano pasado, a riesgo de padecer una sobredosis de Bolaño, me leí de varias sentadas seguidas sus monumentales, y no sólo por el tamaño, Los detectives salvajes y 2666. Todavía sigo boquiabierto. El dominio de los recursos expresivos de Bolaño, su capacidad para implicar en las burbujeantes, y tantas veces trágicas, andanzas de los personajes me tiene, lo mismo que a muchos millares de americanos del norte y del sur, y a menos de España, exultante y en ocasiones noqueado. Y ni me molesto en señalar que a todas las novelas, todas, no sólo a las suyas, les sobran páginas.

Por otra parte, he visto que uno de los grandes escritores actuales en español, Javier Marías, declaraba con motivo de la aparición de una de sus novelas en traducción inglesa, que aquella versión era la que tenía en mente al escribirla originalmente. Reproducía así, supongo que inconscientemente, porque no creo que constituya uno de sus autores preferidos, unas palabras de García Márquez. Al hablar de la versión inglesa de Cien años de soledad, hecha por Gregory Rabassa, afirmaba que era un texto que mejoraba mucho su original.

Y siguiendo más o menos con lo mismo. Hace unos años tuve que tropezarme, literalmente, con una pila de libros de Arturo Pérez-Reverte. La pila estaba en la mastodóntica librería londinense Foyles, y la habían levantado porque se acababa de lanzar al mercado la traducción de una novela suya. Allí mismo, y sobre la marcha, agarré un ejemplar y leí un par de capítulos. Encontré que me interesaba lo suficiente para abordarlo en el idioma en que los había escrito. En este caso, sin embargo, tuve que reconocer que prefería la traducción inglesa. No aparecían en ella —o no tan marcadamente—, esos giros castizos, esas salidas carpetovetónicas y expresiones coloquiales que me remiten a una España que detesto.

Hay escritores, por supuesto, que sólo he leído en español y no consigo imaginar que puedan mejorar traducidos. Y pienso, a bote pronto, en un maestro de la construcción y el desarrollo basado en cuestiones inmediatas como Ramón Buenaventura. O en Eduardo Lago, también contemporáneo mío. Y para evitar los piques, en narradores de generaciones inmediatamente anteriores, como Ignacio Aldecoa, Caballero Bonald o Juan Eduardo Zúñiga —y son unas muestras escasísimas de los que admiro—.

Recuerdo una mesa redonda en la que participé donde estaban presentes traductores americanos. Todos ellos se quejaban del editing que solían hacer a sus versiones con objeto de que resultasen, en opinión de los editores, más legibles. Sobre todo si se trataba de novelas de las que ahora llaman «literarias», un término que me revuelve las tripas porque me lleva a pensar que mis gustos, como tantas cosas, se oponen a los del mercado. Puede, pues, que sólo sea un whisful thinking, una ilusión sin apoyo en los hechos, pero quizá las cosas estén cambiando a ese respecto y las buenas traducciones al inglés de escritores en español se estén abriendo paso.

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