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Martes, 7 de diciembre de 2010

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Películas

¿Por qué unos subtítulos sí y otros no?

Por Josefina Cornejo

Recuerdo a una profesora de inglés que tuve en 8.º de EGB (hace ya unos años de esto). Se llamaba Elvira y su metodología era muy peculiar. Si los demás nos prohibían comer chicle en clase, ella nos animaba a meternos uno en la boca, porque, decía, los americanos (se preciaba de tener un impoluto acento de aquellas tierras) hablaban como si mascaran goma. Era una mujer muy curiosa. Aprendíamos de memoria textos en inglés que debíamos repetir de pie, junto a su mesa, prácticamente susurrándole al oído, mientras las demás niñas (colegio de monjas) estaban a lo suyo, que no era precisamente escuchar a la «monaguilla» de turno. Aprendí poco con ella. Pero he de decir en su favor que seguí uno de sus consejos en mis largos años de aprendizaje de lenguas: ver películas (en versión original se entiende). Cuando mucho más tarde me he dedicado a la traducción y, mira tú por dónde, a la subtitulación, he descubierto con pesar que lo más difícil es verter al español apenas unas pocas palabras: el título de la película. En la facultad descubrí que el subtitulado realizado en España era de gran calidad; me temo que tal aseveración no puede aplicarse a los títulos. Esto es otro cantar. A falta de espacio, me fijaré tan solo en algunas de las películas más conocidas de la cinematografía de las últimas décadas.

Para empezar, gracias a la película de Steven Spielberg de 1974, media España cree que «tiburón» es jaws en inglés. Al poco de comenzar La semilla del diablo, película de Roman Polansky de 1968, cuyo título original era Rosemary’s baby, el público español ya sabía que el embarazo tan deseado de la protagonista, Mia Farrow, no sería una dulce espera y que el desenlace resultaría terrible. Si 28 days later, película de Danny Boyle de 2002, mantenía el suspense de qué pasaba tras ese periodo, el título español, Exterminio, no dejaba lugar a dudas sobre la fatal suerte que corría la humanidad transcurridos esos días. Con Hagan juego, a mi entender, los distribuidores españoles pasaron por alto el «pequeño» detalle de que Danny Ocean (con el rostro de George Clooney) se rodea de varios amigos y compinches para saquear los casinos de Las Vegas en Ocean’s Eleven (2001), si bien es cierto que los remordimientos pudieron con ellos, puesto que en las dos entregas siguientes respetaron, más o menos, el título original: Ahora son 12 (Ocean’s Twelve, 2004) y Ahora son 13 (Ocean’s Thirteen, 2007). ¿Acaso eran 11 antes? Lo desconocíamos. Me pregunto si la longitud del original es un factor a tener en cuenta también. Uno de los clásicos de Stanley Kubrick, Doctor Strangelove or How I learned to love the bomb (1964) ha pasado a formar parte del imaginario español como Teléfono rojo. Volamos hacia Moscú, asimismo bastante largo, ¿no creen? Curioso.

Echemos un vistazo a algunas películas de ese genio cinematográfico que fue Alfred Hitchcock. Cuando en 1964, estrenó Marnie, los espectadores se disponían a disfrutar de la belleza de Tippi Hedren y descubrir —como buen producto de la mente hitchcockiana— qué ocultaba su personaje; el público español, en cambio, intuía desde el mismo momento en que compraba la entrada que tras la angelical Tippi se escondía, en realidad, una ladrona. Y en North by Northwest, de 1959, antes también de que Cary Grant comprendiera que había unos tipos que le querían muerto, los españoles sabíamos que tenía muy cerca la muerte, en los talones para más señas. Y díganme, ¿qué tiene que ver Spellbound (1945) con Recuerda?

Visto esto, me pregunto cuál será el motivo para que no se traduzcan, por ejemplo, Footloose (1984), Karate Kid (1984), Pretty Woman (1990), Stargate (1994), American Pie (1999), American Psycho (2000). Que alguien me aclare, por favor, cuáles son los criterios utilizados al traducir en nuestro país los títulos de las películas que nos vienen de fuera.

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