Traductología
Por Belén Santana
Los temas que Salvador Benesdra aborda en El traductor (1998) son muchos y todos de gran transcendencia, pero en esta serie me centraré en los aspectos relacionados con la imagen del traductor. En concreto hablaré de ‘el traductor’ como título; el traductor como puente entre ideas; la relación entre el traductor y lo que traduce; la relación del traductor con su editorial y la sociedad que le rodea y, por último, el traductor y la locura.
El hecho de que la novela no sólo esté protagonizada por un traductor, sino que éste figure incluso en el título, no es en absoluto casual, como bien ha reconocido Alejandro Rubio (véase Avaro 2005)1. Como buen realista, una de las muchas obsesiones de Benesdra es trazar analogías constantes entre el individuo y la sociedad que le rodea, entre «mi» mundo y «el» mundo. A ello se presta en especial la figura del traductor, entendida como la de un buscador impenitente de equivalencias entre distintos códigos, que adquiere tintes casi redentores. Benesdra no deja ningún cabo suelto; prueba de ello es que hasta el nombre de su protagonista, Ricardo Zevi, es una alusión a Shabbetai Zvi2, un estudioso de la cábala que en el siglo xvii fue proclamado mesías y acabó apostatando para convertirse al islam (como no podía ser menos, Benesdra también alude a su origen judío en la novela). Por último, la editorial para la que trabaja Zevi se llama ‘Turba’, otro nombre que, como veremos, es de todo menos fortuito.
La imagen del traductor como puente entre lenguas y culturas es de sobra conocida; no lo es tanto la dimensión que aporta Benesdra cuando presenta al traductor como un puente entre ideas que transcienden la propia lengua:
No pensaba en una salsa indiferenciada de concepciones, en un aplanamiento del relieve majestuoso de la creatividad humana. Pensaba en los puentes, en las transiciones, en las traducciones posibles entre una y otra religión o concepción, en las equivalencias que podían establecerse para que cada uno pudiera hablar esos diferentes lenguajes indistintamente y pudiera abordar la realidad estereoscópicamente desde varios ángulos simultáneos.
Porque ese poliglotismo de las ideas era infinitamente más que uno de los idiomas. Los idiomas difieren sólo en la forma —y aun ahí ni siquiera tanto como parece a quien no los habla— los universos de ideas en los contenidos y aun en el ordenamiento de los contenidos comunes. Pero había que buscar las equivalencias, los puentes, las traducciones.
(Pág. 453)3
Este concepto del traductor como intermediario entre universos de ideas enlaza con la línea hermenéutica dentro de la teoría de la traducción, la cual postula que traducir es aprehender un original escrito en otra lengua; un proceso en el que no sólo es relevante el material lingüístico con el que se trabaja, sino también las experiencias y la creatividad del traductor como individuo. El original es concebido como un todo con el que el traductor entabla una relación dialéctica para intentar averiguar qué es lo que hay detrás. Esta trastienda del texto podría ser lo que Benesdra denomina «universos de ideas». Ahora bien, el enfoque hermenéutico no implica que el original tenga que ser víctima de la arbitrariedad de un traductor; más bien al contrario, se trata de que el traductor sea consciente del juego dialéctico y reflexione sobre él.
Precisamente eso, una reflexión crítica sobre el oficio de traducir, es lo que nos encontramos en la novela de Benesdra. Como veremos en próximas entregas, Zevi llega a obsesionarse hasta tal punto con lo que hace que no sólo bordea la locura, sino que acaba preso de ella. El traductor es representado como un superhombre nietzscheano que trata de dar sentido a lo que traduce, pero a la vez corre el riesgo de que lo que traduce le haga perder el sentido.