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Martes, 27 de agosto de 2013

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Autores s. xx

Gracias a Pound

Por Mariano Antolín Rato

Gracias a Ezra Pound las traducciones inglesas del japonés y chino consiguieron  escapar de la atracción del potente y secular campo gravitatorio jesuítico. Aunque bastantes sinólogos y japonólogos —este último término no recogido en el DRAE— considerasen que estaban plagadas de errores, han terminado por influir de modo decisivo en el enfoque de las versiones modernas a otras lenguas occidentales. Así que, además, se le puede dar las gracias a Pound.

Y no es que yo tenga mayor animadversión a la compañía fundada por Ignacio de Loyola que a otras organizaciones católicas. Todas ellas, y en general la Iglesia con mayúscula, consecuencia según Joyce de un pun, o «juego de palabras», y tal vez «retruécano» —Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam—, me producen… Prefiero censurar el calificativo que iba a escribir. Nada más lejos de mi intención que herir sensibilidades; siempre y cuando no sea preciso. Lo que, por otra parte, es casi siempre. Los constantes ataques contra la poca sensibilidad que aún le queda a uno exigen defensa sin miramientos.

A la autoridad jesuítica en cuestiones de las traducciones del chino o japonés al español, ya me he referido aquí meses atrás. Aquí también, pero con mucho mayor conocimiento de causa, García Noblejas lleva publicando —o a lo mejor hay que decir «colgando»—, una serie de artículos muy interesantes sobre algunos de los grandes traductores de esas lenguas al español. Que son, mire usted por dónde, un dominico y un jesuita. Y ayer mismo he leído un curioso reportaje que trata de los supuestos descendientes de un samurai que viven en Coria del Río, Sevilla. Ese samurai participó en la primera expedición diplomática de Japón a España, en 1613, y le acompañaba un franciscano empeñado en terminar con el aplastante dominio de las misiones de los jesuitas, que llevaban en Japón desde mediados del siglo xvi —explica autorizadamente un jesuita profesor de Historia del Arte en la Universidad Sophia, en Tokio, que es de los jesuitas—. En fin.

De la importancia de Ezra Pound, y sólo en su aspecto como traductor de poemas chinos, se ocupa Eliot Weinberger, a quien vuelvo a mencionar porque es uno de los ensayistas más estimulantes de estos últimos tiempos. Lo hace en Las cataratas (Duomo Ediciones, Barcelona, 2012), una colección de artículos, algunos ya conocidos porque se publicaron en otros libros suyos o quizá en revistas —no recuerdo exactamente dónde los leí—. Uno de ellos, «La invención de China», se centra en la labor de Pound que, a partir de 1909, terminó con la tradición, escasa por otra parte, de traducciones de poesía china al inglés realizadas por diplomáticos y misioneros. El revuelo que originaron sus primeras versiones o las incluidas en Cathay, de 1915 —revuelo fino ad un certo punto, claro, y dentro del mundillo literario—, lo expone Weinberger sólidamente y con su amena facilidad. Por un lado estaban los sinólogos, que todavía las aborrecen, aduciendo que habían sido hechas por un estadounidense que no sabía chino. Frente a ellos T. S. Eliot, en la frase tan repetida, defendía que Pound era «el inventor de la poesía china de nuestro tiempo».

Es cierto que Pound no sabía chino, y se basaba en las notas que Ernest Fenollosa, otro americano que tampoco sabía chino, había tomado al dictado de intérpretes simultáneos que a su vez traducían los comentarios de varios profesores. También que Fenollosa, autor del influyente El carácter de la escritura china como medio poético,1 describía los caracteres chinos como «ideogramas» compuestos de elementos pictóricos que combinados formaban una palabra o concepto nuevos, cuando de hecho eso sólo es válido para una parte mínima de los caracteres, que en su mayoría son fonéticos. Y sin embargo, las versiones resultantes de esas insuficiencias originaron un aluvión de traducciones de poesía china. Entre ellas, destaca otra de Pound, Las odas confucianas. Se publicó en 1954, y para entonces ya había estudiado el idioma.

A partir de entonces, el interés se ha mantenido y, teniendo en cuenta la situación política —esto es, económica— actual, no parece tan descaminado coincidir con Pound, que ya en 1915 escribía que los poemas chinos serían tan estimulantes para el siglo xxi como los griegos lo habían sido para el Renacimiento.

  • (1) Hay versión española, con introducción, de Mariano Antolín Rato, en Visor, reeditada recientemente. volver
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