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Viernes, 16 de agosto de 2013

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Historia

Descubrir a Juan G. de Luaces

Por Josefina Cornejo

Confieso mi ignorancia. Nunca había oído hablar de los González-Blanco. Tampoco me era familiar el nombre de Juan G. de Luaces. Hago memoria; así es como llego a él.

En un artículo de 1998, Marcos Rodríguez Espinosa rescata a varios intelectuales españoles que, tras el estallido de la Guerra Civil y la posterior victoria del bando nacional, hubieron de reinventarse y tomar un nuevo camino, el de la traducción, como forma de sustento y de vida durante el régimen franquista. Rodríguez Espinosa cita entre otros a, Pedro González-Blanco, un perfecto desconocido, pero lo que de él se cuenta —personaje excéntrico, anarquista, vividor y aventurero— llama mi atención, y se convierte en merecido protagonista de uno de los artículos de la serie sobre la traducción en el exilio.

Bajo el seudónimo de Doctor Atizando Yesca, firmó numerosos artículos para las más importantes publicaciones de principios del siglo xx; en 1939 se exilió en México; fue un prolífico traductor de títulos como La feria de las vanidades de Thackeray y Los paraísos artificiales de Baudelaire, además de obras de los filósofos alemanes Stirner y Nietzsche; y perteneció a una familia de intelectuales de origen asturiano interesados, sobre todo, en la filosofía y la literatura. Junto a sus hermanos Edmundo y Andrés, los tres se erigieron —en las décadas de 1910, 1920 y 1930— en actores fundamentales del ambiente cultural de Madrid y artífices de las más concurridas y apreciadas tertulias de la capital. Y al igual que Pedro, Edmundo y Andrés recurrieron, en distintos momentos de su carrera, a la traducción. El primero vertió al español a Blake, Carlyle, Emerson, Schopenhauer, Maquiavelo y Aristóteles; el segundo —considerado en su tiempo el principal traductor español del escritor portugués Eça de Queiroz— contribuyó a popularizar a Balzac, Stendhal y Mallarmé entre sus contemporáneos.

Me sumerjo en los libros y compruebo con satisfacción que los tres hermanos son mencionados en diferentes estudios sobre la traducción en España, como Aproximación a una historia de la traducción en España, de José Francisco Ruiz Casanova, e Historia de la traducción en España, de Francisco Lafarga y Luis Pegenaute. Edmundo, el mayor, despierta mi interés; me doy de bruces con un título revelador, «Juan G. de Luaces: el traductor desconocido de la posguerra», que firma Marta Ortega Sáez, con el que descubro que esta estirpe de hombres de letras y traductores tuvo continuidad. Se trata de un interesante estudio sobre Juan G. de Luaces, el hijo de Edmundo, uno de los traductores más prolíficos de la posguerra española. El artículo es profuso en datos biográficos que contextualizan la trayectoria profesional —obra propia y labor traductora— de esta figura clave en el panorama literario de las primeras décadas de la dictadura franquista. Nos presenta a uno de los creadores más comprometidos de la escena artística nacional, dueño de una intensa actividad cultural en los años anteriores al conflicto fratricida. G. de Luaces fue asiduo colaborador de numerosas revistas y periódicos; autor de La ciudad vertical, La guerra de los sapos, Saetas de oro; director de la revista Madrid Ilustrado, cuya existencia hasta hace bien poco era desconocida incluso para la propia familia del traductor. Este profundo compromiso con la literatura se vio lamentablemente truncado con el levantamiento militar de 1936. A partir de 1939 viró hacia la traducción y se entregó con pasión a la profesión. Su lista de autores traducidos es extensa y valiosa; basta nombrar a Chaucer, Conrad, las hermanas Brontë, Dickens, Swift, Kipling, Pearl S. Buck, Maugham. Como cuenta Ortega Sáez, G. de Luaces, republicano, fue objeto de represión, pasó por la cárcel y apenas si pudo volver a publicar sus propias obras, muchas de las cuales no superaron el examen escudriñador del censor o fueron requisadas por las autoridades del régimen.

Juan G. de Luaces cayó en el olvido, y con él su contribución a la literatura española. Y no fue el único. Necesitamos más ojos ávidos y curiosos que saquen a la luz otros nombres.

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