Autores s. xx
Por Ricardo Bada
Por todo el mundo de habla española circula en carteles, en tarjetas postales y —lo que es más «pior», como diría Cantinflas— hasta en la misma memoria de las personas, un poema que siempre firma Bertolt Brecht y que no es suyo, sino del pastor protestante alemán Martin Niemöller.
Es un poema datado en 1945 y que dice así, traducido por mí directamente del original:
Cuando los nazis buscaron a los comunistas / me callé / porque yo no era comunista. //
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas / me callé / porque yo no era socialdemócrata. //
Cuando buscaron a los católicos / no protesté / porque yo no era católico. //
Cuando me buscaron a mí / ya no había nadie / que pudiera protestar.
La primera vez que lo vi no tuve más remedio que reír, y oyendo mi risa quien me acompañaba me preguntó por qué tanta hilaridad después de leer un poema tan serio. «Porque no puede ser de Brecht, me apuesto lo que quieras a que no es suyo».
Tan seguro lo afirmé que mi interlocutor quiso saber las razones de mi certeza. «No hay más que una razón y es el primer verso», le contesté y se lo leí de nuevo para que lo meditase.
Tras su silencio un tanto avergonzado, proseguí: «Brecht era un cínico de siete suelas, pero no hasta el punto de escribir un poema donde afirmase que se calló porque no era comunista».
Lo cierto es que en aquel momento yo pensaba que todo se reducía a un error de imprenta, y además ni siquiera sabía quién pudiera ser el autor de aquellos versos, pero a los pocos meses, y luego con una regular insistencia, seguí encontrando el poema, siempre atribuido a Brecht.
Siempre también, eso sí, en español. Comenté el tema con mi esposa, y ella creyó recordar que había leído alguna vez ese texto, en alemán, en los boletines de Amnistía Internacional, una institución para la que trabaja desde hace un cuarto de siglo. Le rogué que tratase de ubicarlo, se puso en campaña, y al cabo de un cierto tiempo lo encontró.
El autor del poema fue el pastor protestante alemán Martin Niemöller, uno de los muy pocos ciudadanos del III Reich que se enfrentó a pecho descubierto con la barbarie nazi, y que de puro milagro sobrevivió a los campos de concentración en que estuvo internado: los lúgubres Sachsenhausen y Dachau.
Ahora bien: una vez ya establecida la autoría del poema en cuestión, lo que se planteaba era averiguar cómo y por qué había terminado siendo atribuido a Brecht. Esa indagación me llevó mucho más tiempo, pero al final creo saber de qué manera se armó este malentendido, y ello gracias a la estupenda memoria de mi amiga Marina García del Val.
Ella recuerda que en la temporada teatral 62/63, la Asociación de Mujeres Universitarias de Madrid puso en escena dos de las veinticuatro piezas que integran la obra Terror y miseria del Tercer Reich, de Brecht, constituyéndose así en las pioneras de la recepción peninsular de su teatro. Una de esas dos piezas fue La mujer judía, que en la versión española se titulaba Aria, hermana mía, y lo que me informa mi amiga es que el director de escena evidentemente debía conocer el poema de Niemöller porque lo integró en la traducción del texto de Brecht. Y luego, con el tiempo, aquello que no pasaba de ser un legítimo recurso intertextual, degeneró en una presunción tácita de autoría en favor de Brecht.
La cosa no deja de tener una sesgadísima gracia si pensamos que BB ha sido uno de los piratas literarios más depredadores, que entró a saco en la obra de los clásicos y los contemporáneos sin escrúpulo ni remordimiento. Así pues, que a esta genial sanguijuela de sus colegas le hayan hecho el regalo de un poema que no robó él mismo, es una simpática ironía de Clío, la diosa de la historia.
Pero la próxima vez que ustedes se encuentren con un cartel, una postal, una publicación, donde dicho poema se lo atribuyan a Bertolt Brecht, háganme el favor de recordar el nombre de su verdadero y corajudo autor: Martin Niemöller.