Centro Virtual Cervantes
El Trujamán > Profesión
Viernes, 2 de agosto de 2013

El Trujamán. Revista diaria de traducción

Buscar en El Trujamán

Profesión

Traducción de clásicos modernos

Por Mariano Antolín Rato

No parece demasiado necesario precisar qué es eso de «clásicos modernos». Existen colecciones que agrupan obras de autores bajo los dos términos. En muchas editoriales se emplea con toda soltura. Casi todas las personas con alguna relación con la literatura, sea profesionalmente o sólo como lectoras que no la usan para dormirse, sabe a qué escritores se puede aplicar. Y por no extenderme más al respecto, y aunque se limite a españoles, hay un estudio de Francisco Ynduráin que lo explica bien. Se titula: Clásicos modernos: estudios de crítica literaria. La edición que conservo de mi época universitaria es de Gredos, de 1969, y se puede consultar en la red.

Sin la más mínima discusión, Marcel Proust pertenece a esa categoría. Un reciente y brillante trabajo aparecido aquí deja bien claro por qué. Lo ha escrito Ramon Lladó con un apabullante insight —perdón, pero me vino a la mente la palabra inglesa antes de ponerme a considerar si debería traducirlo por «percepción», «perspicacia» o algo así—. Y se ocupa del comienzo de Por el camino de Swann, título tradicional en español de Du côté chez Swann, más recientemente traducido por La parte de Swann. Esto es, el primer tomo de una de las novelas más emocionantes y cegadoras del siglo xx —me cuesta llamarlo «siglo pasado»—. Se trata, claro, de En busca del tiempo perdido, título que se mantiene en una de esas controvertidas y cuidadosas traducciones recientes —la de Carlos Manzano (Lumen, Barcelona, 2000)—, mientras que en la otra, de Mauro Armiño (Valdemar, Madrid, 2000-2005), aparece como A la busca del tiempo perdido.

Fueron precisamente las variaciones de títulos que acabo de mencionar —aparte de una observación de Lladó—, el impulso inicial para escribir estas líneas que ponen en duda la opinión, también expresada aquí, de que la traducción es una profesión solidaria. Lo primero que se me ocurrió al leerla fue calificarla de wishful thinking —¡córcholis!,1 parezco un ejecutivo pretencioso que cada dos por tres introduce términos ingleses para vender algo, pero otra vez no me salió de primeras «expresión de deseos», o «hacerse ilusiones», que son las traducciones que a bote pronto se me ocurren—. Se acepta, en cualquier caso, la buena intención, aunque yo tenga la impresión, basada en hechos fehacientes, de que a la hora de traducir clásicos modernos de los que ya existen versiones previas, ocurre casi todo lo contrario.

Con frecuencia, y por aquello de ser original, o por lo que sea —y mejor no darle demasiadas vueltas a qué es—, muchas veces el nuevo traductor opta por soluciones peores que las que ya hay en circulación. Y podría citar casos de los que soy responsable, aunque no hubiera sido esa mi intención. Pero resulta que el trabajo no se hace sólo sobre el original, sino con el apoyo del esfuerzo de alguien que ya ha ido desbrozando el terreno. Eso supone un apoyo, y una posibilidad de supuesta mejora que, en definitiva, tal vez dependa únicamente de criterios diferentes, y hasta opuestos, de cómo traducir. Porque por mucho que uno trate de defender que el que traduce debe ser un hombre o una mujer invisible, nunca se consigue pasar el idioma de partida al de llegada sin romperlo ni mancharlo. Y cuando se trabaja con clásicos modernos —y como tales, ya han merecido traducción—, en el encuentro con el texto original interviene un mediador que convierte, al menos parcialmente, la labor en una corrección. Y así, a la ventaja que supone la traducción frente a la creación ex nihilo (jejeje), se añade un apoyo que cuesta aceptar.

No voy a mencionar los casos en que he observado eso —algunos, además, me implican directamente—, por eso que dijo Carlos Fortea, y porque prefiero no convertir esto en una pelea de gallos —o combate entre dos fornidas valquirias mexicanas dedicadas a la lucha libre,2 o contra un insensato escasamente agresivo que se encuentra en el ring (esta voz inglesa sí viene en el DRAE) por su mala cabeza y ponerse crítico con otros colegas—. Por tanto, suscribo lo que escribió Carmen Francí, y quisiera que esto se viera, aunque no lo parezca, como una contribución para aclarar los rincones oscuros de los que hablamos —en privado, más que nada— los profesionales del oficio.

  • (1) En un próximo trujamán —o varios, si se considera que tienen cabida aquí— trataré de ocuparme de las palabras malsonantes en inglés y sus equivalentes en español. volver
  • (2) Ahora, «lucha libre» me salió antes del más usado pressing catch, quizá porque vino acompañada de recuerdos de Chausson o Peltop «Cabeza de Hierro», en el Campo del Gas, en Madrid, antes de la última glaciación. Al segundo, por cierto, tuve el honor de conocerle personalmente cuando, retirado de la lucha, trabajaba de buzo en el puerto de Gijón. Pace, Fortea. Yo tampoco soporto las notas, pero todo es relativo. Relativamente, claro. volver
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es