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Viernes, 31 de agosto de 2012

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Autores s. xx

Guillermo el traductor

Por Ramón Buenaventura

No suele, para los traductores, trompetear la fama: ¿cuántos, incluso lectores buenos, recordarían sin ayuda los nombres de las personas que les dieron acceso a los grandes libros de la literatura universal no redactados en lengua castellana? Pocos, pocos, por no decir ninguno, que resultaría mucho más deprimente. Nadie sabe, en realidad, quién le presentó a Carlos Dickens.

La notoriedad del traductor es siempre de andar por casa, interna, del ambiente, actual. En las editoriales saben quiénes son los buenos, ahora mismo, porque les viene bien saberlo, pero desde luego nadie se preocupa de quienes ya no son ni buenos ni malos, sino historia.

Campando por estos pensamientos, hoy me he acordado de Guillermo López Hipkiss, a quien tengo por uno de los mejores traductores del inglés que hemos gozado en España. En seguida me di cuenta de que en realidad no sabía nada de él. Está ahí al lado, en la estantería A del sector izquierdo, una obra suya que heredé de mi padre (Las dificultades del idioma inglés; Ediciones Hymsa, Barcelona, 1935) y están en el garaje, en una caja de cartón, sus traducciones de Just William, la serie mundialmente famosa de Richmal Crompton (no logré contagiarles a mis hijos mi gusto por los guillermos; de ahí el destierro al garaje, me temo).

Leí la colección completa de guillermos cuando aún no tenía más allá de doce años y mi inglés estaba en pañalitos, es decir que la leí en español. Entre otras razones, porque buena parte de los tomos procedían ya de la biblioteca de mi madre, que solo leía en castellano, en francés y, durante su época de fascismo romántico, en italiano. A tan tierna edad me fascinó el empleo que el texto hacía de la lengua: servía para caracterizar a los personajes más que cualquier descripción; ironías, términos pintorescos, tonos indicados por la mera ordenación de la frase. No capté entonces, claro, que el mérito de esta finura no podía ser solo de la autora, que el traductor había logrado la hazaña de transferir al castellano el inglés sui géneris y eficaz del original. Tardé años en darme cuenta de que en los guillermos había leído unas cuantas obras maestras de la traducción al castellano.

Más años aún he tardado en enterarme de que Guillermo López Hipkiss, nacido en 1902, hijo del cocinero y la institutriz de los Mora y Aragón, educado en Inglaterra, marino mercante, traductor de novelas populares para la editorial Molino, fue además, con diversos seudónimos, uno de los grandes de la novela popular española en su resurrección de los años cuarenta, mano a mano con el ínclito y para mí magistral don José Mallorquí. No fui consciente de sus éxitos porque nunca me interesó mucho esa rama del relato que los americanos llaman «pulp fiction», pero veo en internet que el hombre creó personajes de altísimo éxito en su momento, como Yuma y El Encapuchado. También siguió traduciendo hasta el final de sus días (lo mató un cáncer de colon en 1957, muy poco viejo aún). Siempre en el ámbito de lo popular, sin meterse en literaturas. No lo solicitaron las editoriales más exquisitas.

López Hipkiss encontró en Molino y, luego, en Plaza (dirigió la colección Misterio) el modo de dar de comer a su familia, y no tuvo tiempo ni quizá ganas de meterse en empeños minoritarios. Pero no le queda a uno más remedio que preguntarse cuál habría sido el impacto de su talento de traductor en la edición española de los años cuarenta, cuando regresábamos al mundo, poco a poco, con exasperante lentitud. A juzgar por lo que hizo con Guillermo, todos habríamos salido ganando.

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