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Viernes, 17 de agosto de 2012

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Historia

Traduciendo desde el exilio (12): Manuel de la Escalera

Por Josefina Cornejo

Republicano y comunista. Sus delitos fueron haber fundado en Santander el Cine Club del Ateneo Popular y el Cine Club Proletario y, durante la Guerra Civil, haber rodado documentales en el campo de batalla por encargo del Estado Mayor del Ejército republicano. Detenido después de la derrota del frente de Asturias y acusado de propaganda ilegal, los siguientes veintitrés años transcurrieron en las cárceles de Alcalá de Henares, Burgos y El Dueso. Cuando recuperó la libertad, era un anciano. Manuel de la Escalera, que había nacido en San Luis de Potosí, en México, en 1895, era hijo de un indiano de Potes (Cantabria). Su juventud transcurrió en Santander. Se instaló un tiempo en Ciudad de México para finalizar sus estudios de Bellas Artes. Después, comenzó una incipiente carrera como pintor y escultor. En Madrid trabajó con el artista catalán Julio Antonio. Cursó estudios de arte en diversas ciudades europeas, pero fue en París, donde conoció el cubismo y trató a Picasso, colaboró con el escultor Antoine Bourdelle y entró en contacto con el surrealismo y la obra de Marx, Freud y Spengler, cuando adquirió una nueva conciencia social y política. En la capital francesa descubrió asimismo el cine, que le conmocionó, y trabajó en los estudios Joinville de la mano del director ruso Alexis Granowsky. De regreso a España, destruyó su obra escultórica por considerarla mediocre, colaboró en las revistas Carmen y Lola fundadas en 1927 por su amigo Gerardo Diego, y su nueva pasión, el cine, le impulsó a crear proyectos populares cinematográficos dentro del movimiento nacional de cineclubes, que se vieron truncados por la Guerra Civil. Con todo, durante la contienda organizó lo que denominó «guerrillas de cine», una suerte de cine ambulante, y filmó con el pintor Rufino Ceballos varios reportajes en el frente. Tras más de dos décadas en prisión, en 1966 se exilió en México. Murió en la capital cántabra en 1994.

Manuel de la Escalera comenzó a traducir y a publicar sus propios escritos en la cárcel, donde hizo amistad con Antonio Buero Vallejo, quien más tarde recordaría el encuentro de los dos amigos en un patio de cárcel en el prólogo de los Cuentos de nubes (1981) del santanderino de adopción. En un primer momento, se ocultaba detrás de un seudónimo (Manuel Amblard); en muchas ocasiones eran los propios editores los que eliminaban los nombres de los represaliados políticos. Josep Janés le encargó diversas traducciones en sus años de prisionero. Vertió al español, por ejemplo, cuentos de Katherine Mansfield, narraciones de William Soroyan, ensayos de Somerset Maugham, a autores como Neville Shute y Edgar Rice Burroughs. Firmó la edición de 1955 del monumental Ulysses de James Joyce. Suya es la primera versión española de The Cloud of Unknowing, obra anónima fundamental de la tradición mística en inglés. En 1966 publicó su Muerte después de Reyes, escrito clandestinamente sobre el drama de los condenados a muerte, las penurias carcelarias y la represión durante su cautiverio. Desde su exilio mexicano continuó traduciendo para el Fondo de Cultura Económica. En 1970, cuando regresó definitivamente a España, editoriales como Aguilar, Taurus, Seix Barral, Akal y Siglo XXI continuaron confiando en él como traductor. Colaboró asimismo con diversas revistas literarias (Ínsula, Papeles de Son Armadans, Triunfo). Escribió siempre, pero su obra publicada es escasa. Además de la mencionada Muerte después de Reyes, vieron la luz Cuando el cine rompió a hablar, una historia sobre el mundo del celuloide, y Mamá grande y su tiempo (1980), sobre los recuerdos de su niñez en México.

Cumplidos los noventa años, Manuel de la Escalera seguía ganándose la vida como traductor. Los años robados a su libertad habían frustrado su carrera de escritor y cineasta. Como ya sabemos, no fue el único.

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