POESÍA
Por Clara Janés
Me asomo a mi hoja de cerezo
y oteo hacia la eternidad:
hoy la eternidad es algo demasiado grande,
demasiado azul y kilométrico.
Creo que voy a quedarme en mi hoja
midiendo mi verde hoja de cerezo.
Este es un poema de Werner Aspenström titulado «Oruga medidora». Aún recuerdo el día en que lo leí por primera vez. Solían llegar unos cuadernillos grapados, Pliegos de Tarazona. Los enviaba Francisco J. Uriz y eran pequeños tesoros. El número 18, titulado ¡Crea, creador!, por un poema de Elmer Diktonius, lo abrí y leí de inmediato y desde entonces (veo que no figura el año) lo tengo siempre al alcance. En quince páginas figuran muchos nombres sobresalientes de la literatura nórdica, parte de los que, con tanta devoción, nos ha dado a conocer este incansable traductor y poeta.
Desaparecieron los «papeles», como tantas cosas, pero no los nombres. Resuena en mis oídos la voz de Carlos Barral, en un solemne acto realizado en el Jardín Botánico de Madrid, hace bastantes lustros, diciendo: Arthur Lundkvist, Gunnar Ekelöf…, tras la lectura en sueco del traductor. Pues bien, el traductor era Francisco J. Uriz. Yo estaba allí de puro entusiasmo por la poesía y fui premiada con estos descubrimientos. La lectura de Lundkvist era como una ventana abierta a aires frescos donde la imagen surgía con inmensa fuerza y naturalidad: «Quiero gritar a los cuatro vientos los gozos de la vida y reírme con poderosa boca / […] Quiero cantar días que todavía no ha parido la roja matriz de las mañanas». No es de extrañar que fuera su amistad con este poeta la que lanzara a Uriz a la traducción. Su empuje y su potencia son arrolladores: «Soy una ola que se lanza contra los acantilados una y otra vez, me rompo, me retiro, me preparo para un nuevo asalto».
«No hay más placer que el de las palabras», empieza un poema de Lars Huldén. Y uno de Maria Wine , «Árbol y poema», acaba:
Sé
de una palabra con ansias de plasmarse en el papel
Sé
de un poema no escrito que ansía su primera palabra
de un poema que ansía su poeta
Pero sé también que el poeta sufre
cuando se tala el árbol para hacerlo papel.
También el traductor se preocupa por la naturaleza y por el hombre. A los diecisiete años recibió una beca para hacer un curso en el extranjero de «Integración europea» y, desde entonces, no ha cejado. Por sus ideas políticas salió de España, estuvo en distintos países hasta instalarse en Suecia. Su labor incesante le ha merecido numerosas distinciones, entre ellas la medalla Illis Quorum (1985) por parte del gobierno sueco, y por parte del español el Premio Nacional de Traducción (1996) y la Encomienda de la Orden del Mérito Civil (2008). Más de doscientos autores ha vertido a nuestra lengua: Erik Lindergren, Benny Anderson, Lars Norén, Ingmar Bergman, August Strindberg…
Escribe Harry Martinson:
En el país de la miseria
la choza había ardido,
el niño yacía muerto
y como una calavera en el manantial
la misma luna.
Tengo los libros traducidos por Uriz llenos de señales y papeles con notas. Hay uno, sin embargo, que no las necesita pues éstas pasan directamente a mis cuadernos que, en muchas páginas, son como un diálogo con el poeta. Me refiero a Gunnar Ekelöf, a la antología Non serviam. Así dice él: «porque comparto soledad / con cada flor…». Y digo yo: «Soledad e inocencia / y finitud… / intuye ella su perecer / mientras sigue la hoja sosteniendo el verde. / ¡Ah, la raíz, / que nunca ve la luz!». Dice él: «Oscuro es mi mundo / pero en las tinieblas quiero volver a mi hogar / por la hierba, bajo los bosques». Digo yo: «Y a través de la hierba / entrar, abandonar el peso / para ser luz oculta. / Y el arco iris / se desplegará / como un ala».