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Viernes, 10 de agosto de 2012

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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POESÍA

Lost in translation

Por Mariano Antolín Rato

Frente a la cuestionable y repetida frase común —original, a falta de confirmación textual, del poeta americano Robert Frost—, de que poesía es lo que se pierde en una traducción, puede demostrarse que, desde numerosos puntos de vista, la historia de la poesía occidental es la historia de la poesía en traducción.

El subrayado pertenece a David Bellos —cuyo estimulante e inagotable ensayo, Is That a Fish in Your Ear?, he comentado en un par de trujamanes anteriores—. La comparto porque, como señala ese profesor de literatura de la Universidad de Harvard, aparte de traductor él mismo, un lector que opina así también está pretendiendo que posee pleno dominio del idioma original —que es poesía—, y del de la traducción —que no lo es—. En caso contrario no podría saber si se había perdido algo; ni por supuesto saber que eso es la poesía.

Supongamos un profundo conocimiento de los dos idiomas y de sus tradiciones poéticas. Pues bien, según Bellos eso no es suficiente para justificar la pretensión de que lo perdido en la traducción es la poesía. En especial a la hora de señalar qué es lo que falta.

Cabría que se adujera que la relación entre sonido y significado no es la misma. Los sonidos han cambiado porque el idioma es diferente y el significado, aunque a grandes líneas se preserve, también. En consecuencia, la relación entre los dos —una relación que desde Ferdinand de Saussure, los lingüistas consideran arbitraria— necesariamente es otra.

Considerar, sin embargo, que en poesía lo poético reside en esa relación entre sonido y sentido no justifica en absoluto que un poema traducido haya perdido lo poético. El nuevo poema en el nuevo lenguaje, al representar y recrear el poema del antiguo posee una relación entre su sonido y su significado. No es la misma que la del original, claro que no, pero eso no es motivo para asegurar que está desprovista de poesía.  A lo mejor es espantoso cuando el original era sublime. Pero pocos poetas escriben poemas sublimes todo el rato. Algo que también sirve de argumento para defender que la calidad del poema traducido no tiene relación con que lo haya sido. Depende solo del poeta, no de si está siendo, además, traductor.

Dante, Rilke, Ezra Pound, Pasternak, Robert Lowell, Octavio Paz, Clara Janés, Jenaro Talens o Ramón Buenaventura… piénsese en un buen poeta, y casi siempre habrá un traductor. Formas poéticas como la balada o el romance, la villanelas o el soneto, entre otras muchas, son compartidas en numerosos idiomas, desde el francés, el italiano o el ruso, hasta el español o el inglés —Bellos menciona también el persa y el malayo, apabullándome—. Estilos poéticos como el romántico, el simbolista, el futurista, o el surrealista son tan típicos en la poesía alemana como en la polaca. Todas las tradiciones poéticas occidentales, pues, están hechas de otras tradiciones.

Con todo, la relación emocional que se establece con ciertos poemas del propio idioma, o de otro que se conozca muy bien, en último término parece incomunicable. Pero esa creencia en lo único e inefable de las relaciones emocionales, carece de relevancia en la cuestión de si la poesía se puede traducir. Pertenece a un terreno tan abstruso que hay personas que incluso dudan que sea posible decir nada de semejantes sensaciones intensas y vaporosas, y por tanto no existe modo de saber si existen para otras personas. Un poema, sin embargo, demuestra que lo aparentemente inefable, las intuiciones o los sentimientos no son inexpresables. Y en la poesía traducida lo que se propone es comunicar —y llevo un rato apartándome de los argumentos de Bellos— con otras palabras lo mismo que se intuye como inefable en el original.

Que eso solo lo consigan los poetas es cuestión discutible. Prosistas como yo y tantos otros hemos traducido poemas. Así que continuaré ocupándome de esto próximamente.

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