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Martes, 23 de agosto de 2011

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Historia

Traduciendo desde el exilio (5): Alfonso Nadal

Por Josefina Cornejo

Afirmar que fue quien los introdujo en España quizá no sea del todo cierto, pero no cabe duda de que Alfonso Nadal ayudó sobremanera a popularizar entre el gran público la novela policiaca, de intriga y de aventuras. Gracias a su labor y a la de diversas editoriales (en especial, Juventud y Molino), nombres como Julio Verne, Karl May, Agatha Christie, Enid Blyton y Walt Disney comenzaron a ser familiares para los españoles. Fue un traductor muy fecundo en una época —al término de la Guerra Civil española— en la que los títulos publicados eran principalmente extranjeros. El motivo: las plumas más importantes habían abandonado el país o muerto durante la lucha fratricida y la actividad intelectual y la producción creativa nacional eran, pues, exiguas. La censura, además, dictaba la literatura proveniente del exterior que se leía. En este contexto se desarrolló la trayectoria de Nadal, un traductor contrario a la ideología franquista que sufrió en carne propia la represión política.

A una edad temprana, Nadal dejó su Aragón natal (había nacido en Barbastro en 1888) para instalarse en Barcelona. Pronto aprendió catalán y colaboró como periodista en varias publicaciones locales. En los primeros años de la República engrosó la nómina de funcionarios de la Generalitat y militó en Esquerra Republicana de Catalunya. Cuando las tropas franquistas ocuparon la capital catalana en 1939, fue acusado de haber pertenecido a un partido político de índole separatista. Pasó un tiempo encarcelado y, tras recuperar la libertad, se le prohibió ocupar un cargo en la administración pública. Murió en Barcelona en 1943.

En los inicios de su andadura profesional, Nadal se dedicó a la creación literaria y publicó unas pocas novelas de temática religiosa (Místico amor humano [1925]) y algunos títulos (El collar de lágrimas [1926]) para El Cuento Rosa, colección de literatura juvenil de gran popularidad en la década de 1920. Su carrera como escritor fue escasa, empero. Apremiado por la situación económica que comenzaba a azotar España —y con el veto laboral impuesto— se vio abocado a compaginar la escritura con la traducción. La decisión resultó ser acertada: en los años que siguieron se convirtió en un asiduo colaborador de diversas editoriales madrileñas y barcelonesas.

La contribución de Nadal a la traducción en España es extensa y variopinta. Vertió al castellano numerosas obras de autores bien dispares. Tradujo los Cuentos populares (1932) de Hans Christian Andersen, las Obras completas (1939) de Fiodor Dostoievski y La feria de las vanidades (1947) de William Thackeray. Se prodigó en el género policiaco de la mano de Agatha Christie, S. S. Van Dine y Frank L. Packard. En su quehacer traductor también tuvieron cabida la novela fantástica, la ciencia ficción y el terror de Abraham Merritt, el romanticismo de Elinor Glyn y las aventuras de Charles Nordhoff y James Norman Hall, artífices de la famosa Rebelión a bordo. Su nombre se vincula asimismo a la difusión de la literatura nórdica en la Península: Aleksis Kivi, considerado uno de los grandes autores en lengua finesa, y el sueco Axel Munthe figuran entre los escritores de aquellas latitudes que Nadal acercó al lector español.

Las circunstancias de la vida quisieron que la labor traductora de Nadal estuviera muy vinculada a la carrera de su yerno, Josep Janés, el editor que, en las primeras décadas de la dictadura, sorteó la censura y facilitó la llegada a España —en forma de traducciones— de, sobre todo, autores ingleses. Colaboró con numerosos traductores que, al igual que Nadal, habían sido objeto de un modo u otro de la represión política ejercida por el régimen. Pero esto es historia para otro trujamán.

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