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Lunes, 30 de agosto de 2010

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Historia

Biblia y traducción (7): George Smith, traductor

Por Juan Gabriel López Guix

El primer viajero europeo conocido que viajó a Mesopotamia fue el judío navarro Benjamín de Tudela, quien a mediados del siglo xii visitó las ruinas de Nínive y creyó ver los restos de la torre de Babel en el zigurat de Borsippa. Quinientos años más tarde, a principios del siglo xvii, el noble romano Pietro della Valle introduciría en Europa (junto con los gatos persas y el café turco) los primeros ladrillos con una escritura desconocida procedentes de Babilonia. Con todo, el estudio metódico de las misteriosas lenguas mesopotámicas sólo se iniciaría a partir de los trabajos pioneros del danés Carsten Niebuhr en el segundo tercio del siglo xviii y del alemán Georg Friedrich Grotefend a principios del siglo xix. El inglés Henry Rawlinson, considerado como el padre de la asiriología, completó en 1851 la traducción de la columna escrita en acadio de la inscripción de Behistún, la «piedra de Rosetta» de la escritura cuneiforme. Se trata de un texto en tres idiomas (persa antiguo, elamita y acadio) con el que Darío I el Grande quiso inmortalizar (h. 515 antes de la era común) sus victorias militares. La inscripción se encuentra a un centenar de metros del suelo, en una pared rocosa de los montes Zagros; y el propio Rawlinson escaló en 1835 y 1843 para copiarla en su integridad. En 1857, para verificar que la escritura «asiria» había sido descifrada, la Real Sociedad Asiática de Londres convocó un peculiar examen de traducción: pidió a Rawlinson y otros tres expertos que tradujeran sin comunicarse entre sí una inscripción recién excavada. Dos traducciones resultaron ser casi iguales, y las otras dos, aunque coincidentes en los lugares esenciales, contenían algunas diferencias debidas al conocimiento defectuoso de la lengua de partida o de llegada (uno de los expertos era de origen alemán). Una vez examinadas, el jurado certificó que, tras más de dos milenios de oscuridad, el «nuevo» idioma ya no era un misterio.

Tres años antes, George Smith, que por entonces tenía 14 años, había entrado a trabajar de aprendiz de grabador de billetes en una compañía londinense. Apasionado por la naciente asiriología, sus visitas al Museo Británico se hicieron tan frecuentes y su interés y sus habilidades tan evidentes que se le ofreció trabajar en el museo como «reparador», es decir, como clasificador de las decenas de miles de fragmentos recibidos por el museo en 1851, procedentes de la biblioteca de Asurbanipal en Nínive. Su dominio del acadio le valió ser nombrado en 1866 ayudante del Departamento de Antigüedades Orientales y a colaborar con Rawlinson en la publicación de las inscripciones cuneiformes. Sus reproducciones eran de una calidad extraordinaria. En 1872, mientras copiaba media tablilla con un texto dispuesto en seis columnas, encontró en la tercera columna el relato con episodios como el de un barco que reposaba sobre la cumbre de una montaña y el envío de una paloma que regresaba al no encontrar donde posarse. La frenética búsqueda de fragmentos entre la colección del museo permitió completar otras lagunas de lo que hoy se conoce como el Poema de Gilgamesh. El 3 de diciembre de 1872, ante un público de eruditos y personalidades como el primer ministro William Gladstone, Smith hizo público el hallazgo en la Sociedad de Arqueología Bíblica de Londres con las siguientes palabras: «He descubierto hace poco entre las tablillas asirias del Museo Británico un relato del diluvio que, por consejo de nuestro Presidente, presento ahora a la Sociedad». La sensación fue tal que The Daily Telegraph le financió en 1873, como acababa de hacer con Stanley en pos de Livingstone y como haría un tiempo después con Harry Johnson en el Kilimanjaro, un viaje a Nínive para encontrar los fragmentos perdidos de ese relato del Diluvio anterior al Génesis. Por un increíble golpe de suerte, Smith dio a la semana de llegar con una tablilla que completaba la principal laguna de su narración, y entonces el diario consideró cumplido el objetivo de la misión. En 1874 y 1876 Smith realizó dos expediciones más, financiadas por el Museo Británico. En las dos primeras recuperó unas 3000 inscripciones, pero la tercera resultó catastrófica: una vez en Nínive, no encontró obreros dispuestos a trabajar bajo el tórrido calor de julio y en el viaje de regreso enfermó de disentería y murió en Alepo a los 36 años de edad.

La segunda mitad del siglo xix fue una época de cambios extraordinarios: no sólo Darwin, Renan, Huxley, Garibaldi, Nietzsche y muchos otros se dedicaron a sacudir los cimientos de un poder y unas creencias milenarios, sino que, para colmo de males, resultó que, al menos en parte, el Génesis era una traducción.

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