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Viernes, 27 de agosto de 2010

El Trujamán. Revista diaria de traducción

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Historia

Hos ego versiculos feci, tulit alter honores

Por Marietta Gargatagli

Nuestra tradición traductora no desconoce ni el plagio ni la usurpación. Sin embargo, la fortuna esquiva de José Miguel Petisco (1724-1800) lo convierte en uno de los más desgraciados paradigmas del despojamiento. Este jesuita español, que nació y murió en Ledesma, vivió en sus años finales las vicisitudes de la Compañía de Jesús: expulsión de España en 1767, disolución de la orden en 1773, existencia peregrina en Italia, retorno a su patria para morir. Además de Villagarcía del Campo, donde fue seminarista y más tarde profesor, estudió en Lyon, estuvo en París, se refugió en Córcega y residió en Bolonia. En Francia perfeccionó la formación clásica en latín y griego y en lo que uno de sus prestigiosos discípulos, el padre Francisco José de Isla, llamó «lenguas orientales»: el hebreo. Trabajó en la Biblioteca Nacional de París copiando antiguos manuscritos españoles, algunos de los cuales, como el Diálogo entre Caronte y el alma de Pedro Luis Farnesio de Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575), conservan su firma.

En Villagarcía (donde lo sorprendió la nocturna orden de expulsión) compuso una Gramática griega (1764), preparó antologías de Cicerón (1758), editó las Bucólicas, las Geórgicas y la Eneida de Virgilio (1760), así como unas Odas de Anacreonte (1761) que también figuraron en un volumen colectivo destinado a la enseñanza. Algunas de estas obras, como la Gramática griega y las ediciones de Cicerón tuvieron muchas reediciones, aunque a partir de 1774 el nombre de su autor literalmente desapareció.

Más grave y misterioso fue lo que ocurrió con dos traducciones del pobre Petisco que se atribuyeron casi para siempre a otros artífices. Una de ellas: los Comentarios de Cayo Julio Cesar, «traducidos» por D. Joseph Goya y Muniain (1798); la otra, en nueve volúmenes: La Sagrada Biblia nuevamente «traducida» de la vulgata latina al español, aclarado el sentido de algunos lugares con la luz que dan los textos originales hebreo y griego de Félix Torres Amat (1823-25).

Aunque también se acusa a Goya y Muniain de haberse apropiado de la versión de Pedro Luis Blanco de El arte poética de Aristóteles, resulta difícil de creer, leyendo los compendiosos prólogos que adornan sus volúmenes, que estemos frente a un despiadado hurto. La existencia de Blanco la revela una pequeña nota que consta en el índice de la Biblioteca de Salamanca y que alude a una carta desaparecida del presunto auténtico traductor. Que la versión de Julio César fuera de Petisco es más difícil de dilucidar: la traducción del jesuita nunca se encontró aunque hay varios testimonios de que tuvo existencia. Entre otros, el Manual del librero hispano-americano de Manuel Palau y Dulcet.

La documentación sobre la versión bíblica que firmó el censor inquisitorial Félix Torres Amat, obispo de Astorga, es más abundante. No resulta fácil entender, sin embargo, que quien tuvo la misión de emitir un veredicto sobre una traducción terminara publicándola con su nombre. Amat, acusado de «jansenista» y enemigo mortal de los jesuitas como su influyente tío del mismo nombre, ocupó con excesiva generosidad el cargo de gestor y miembro del siempre recuperado Santo Oficio. Se lo acusó también de otra usurpación: las Memorias para ayudar a formar un diccionario crítico de escritores catalanes, y dar alguna idea de la antigua y moderna literatura de Cataluña habrían sido compiladas por su hermano Ignacio.

En cierto modo la historia puso en su lugar a los imperturbables artífices de lo ajeno. Menéndez Pelayo, siempre exhaustivo, no incluyó ni a Goya ni a Torres Amat en la Biblioteca de traductores; a mediados del siglo xx, en las ediciones eclesiásticas, José Miguel Petisco recuperó su papel de auténtico traductor de la Biblia.

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