Profesión
Por Mariano Antolín Rato
Hay ciertas relaciones con las que los traductores debemos tener mucho cuidado. Una de ellas es la que mantenemos con los correctores y preparadores de originales —en mi caso, siempre correctoras y preparadoras— de las editoriales. Constituyen unos contactos escritos que se realizan a través de las pruebas, en los que una de las partes es en principio anónima y la otra, la de los que somos «siempre una necesidad problemática» —como Eliot Weinberger, traductor también él, explica que ha sido considerado—, nos enfrentamos a nuestras pifias e imprecisiones. Y es que cuando nos llegan las pruebas de una traducción realizada hace meses, las observaciones que contienen a veces llegan a sonrojarnos o, por lo menos, hacen que nos demos cuenta de que algunas de las soluciones propuestas no son las más adecuadas. Un muy buen escritor y traductor, Ramón Buenaventura, me decía una vez que en una traducción que se considera acertada, al menos se puede encontrar una exactitud o imprecisión por página.
Las correcciones, pues, mejoran nuestro trabajo. Y yo mismo, tras conseguir romper el habitual anonimato de quien las ha hecho, he dado las gracias por escrito a las correctoras de una editorial. Se lo merecían. Como de costumbre, habían unificado términos y puntuación, evitado repeticiones flagrantes y odiosas rimas internas, dejando el texto, además, libre de erratas, erritas, errotas.
Bien, pues después de haber intentado dar algo de masaje al ego de los correctores, ahora me toca señalar las fricciones inevitables que se producen entre ellos y nosotros que firmamos la traducción y, por mucho que sólo se vayan a enterar cuatro gatos, nos apetece que quede bien. Y no sólo de acuerdo con los variables «criterios editoriales» impuestos a las dos partes siempre mal pagadas, también respondiendo a las exigencias planteadas por el texto de partida. Por eso nos sublevamos contra la tendencia de unificar el tono de las expresiones, cuando en el original aparece disperso de acuerdo con el utilizado por algunos personajes o incluso por la voz narradora como respuesta a situaciones que demandan distintos niveles de lenguaje. O si se empeñan en cambiar y precisar de modo gramaticalmente correcto unas expresiones aparentemente forzadas con las que, en ocasiones, se intenta que el lector tome conciencia de que la acción no se desarrolla en los campos de Castilla donde los terratenientes hablan un idioma correctísimo, sino en las grandes praderas del oriente de Colorado —pongo por ejemplo— cuyos habitantes raramente se expresan como no sea de forma entrecortada. La relación de quejas sería interminable, y ampliarla no llevaría a encontrar una respuesta satisfactoria para ninguna de las dos partes.
«¿Cuál es la respuesta?» —son unas palabras que se atribuyen a Gertrude Stein en el lecho de muerte. A lo que ella misma añadió: «¿Cuál es la pregunta?».
Yo las suscribo en este caso, y en casi todos, por lo que no intentaré proponer una solución al conflicto. Simplemente apunto que un traductor consciente busca la fidelidad, e incluso la literalidad en el sentido en que Nabókov precisaba al hablar de sus versiones al inglés de poetas rusos. Una literalidad que depende de una fidelidad —la única opción moral, para él— siempre producto de una negociación. La realidad —insistía Nabokov (creo que es más preciso pronunciar el apellido del escritor con acento agudo)— es «una infinita sucesión de escalones, niveles de percepción, falsos apoyos y por tanto insatisfactoria, inalcanzable». Y tanto la escritura como la traducción —según el autor de Pálido fuego o Ada o el ardor— se basan en lo mismo: una insalvable brecha entre el mundo y la palabra.
Eppur si muove, cabría responder, porque se sigue traduciendo, y el estilo de muchos escritores traducidos —como es el caso de Thomas Bernhard leído en palabras españolas de Miguel Sáenz— ha influido en la literatura en otro idioma. Es, por tanto, imprescindible la alianza entre quien traduce y quien corrige. Siempre que los segundos —y es un caso por el que pasé referido a un libro de William Burroughs— no estén tan poseídos por su labor que introduzcan puntos, comas y hasta puntos y comas en un texto donde sólo aparecían guiones.