Diccionarios
Por Juan de Sola
Confieso que, como muchos, tengo una debilidad por los diccionarios, y que atesoro en mi biblioteca muchos menos de los que querría poseer. En un cajón del escritorio, guardo un sobre repleto de fichas bibliográficas de diccionarios que me gustaría tener cuando pueda darme el lujo; hace unos días, por ejemplo, recibí encantado mi última adquisición, el Dictionnaire de la pluie, de Patrick Boman con ilustraciones de Romain Slocombe, de forma que retiré la ficha del sobre y constaté la que es ahora mi máxima obsesión: el Aga magera difura: Dizionario delle lingue immaginarie, de Paolo Albani y Berlinghiero Buonarroti. A Albani lo conocía ya de su Mirabiblia. Catalogo ragionato di libri introvabili, que escribió conjuntamente con Paolo Della Bella y tengo aquí delante, y de Forse Queneau. Enciclopedia delle scienze anomale, escrito igualmente al alimón con Della Bella, y que pediré si puedo, que no, en cuanto pueda. Aunque puede que no.
Podría pasarme un verano en la playa con el Breve diccionario etimológico de la lengua española, de Joan Coromines, dar la vuelta al mundo con el Diccionario por raíces del latín y sus voces derivadas de Santiago Segura Munguía, encerrarme en una celda de Poblet con el Tesoro de Villanos. Diccionario de Germanía, de María Inés Chamorro, o instalarme un invierno en un vagón del metro circular de Moscú con la sola compañía de Motive der Weltliteratur y de Stoffe der Weltliteratur, ambos de Elisabeth Frenzel.1 Mi mujer estuvo a punto de abandonarme un mes de julio cuando vio que, en la maleta, junto a algunas de esas-novelas-que-dejamos-para-el-verano, tenía el propósito de llevar conmigo (con nosotros, de ahí el problema) un ejemplar de The New Joys of Yiddish, de Leo Rosten, una suerte de enciclopedia sucinta del mundo yiddish en la que se conjugan como nunca la precisión y la amenidad, la etimología y el chiste.
Los diccionarios, que vienen a ser una forma abreviada, aunque no siempre portátil, de la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, son sin duda las obras literarias más agradecidas, misteriosas y perfectas de la industria del libro: manifiestan el viejo anhelo ilustrado de poner algo de orden en el caos de la realidad, es la armonía universal hecha carne, o página; al orden alfabético que los distingue del resto de libros, suelen añadir la numeración de las páginas (por si acaso alguien se perdiera); incluso aquellos de título inverosímil y gamberro que parecen tender más al desorden que a la voluntad de control no logran sustraerse a un hálito ciertamente sistemático.
Su presencia en los anaqueles del despacho, a derecha o izquierda del escritorio, como un cortejo, o bien detrás del mismo, como probos guardaespaldas, hacen que uno se siente a trabajar tranquilo, con la seguridad que otorga saber que todo, en fin de cuentas, es trabajo en equipo. Somos enanos, sí, seres minúsculos e insignificantes, pero viajamos a hombros de gigantes.
Traducir a alguno de los Mann sin un diccionario de Plattdeutsch o bajo alemán es casi imposible (igual que le resulta difícil leerlo sin esas referencias a un lector de Frankfurt o de Nuremberg): ahí tenemos el Neuer Sass, que siempre acude en nuestra ayuda. Atreverse con la prosa endiablada del último Robert Walser sin un diccionario de Schwiizertüütsch o alemán suizo es una inconsciencia, cuando no una temeridad. El que tengo —Berndeutsches Wörterbuch, de Otto von Greyerz y Ruth Bietenhard— me lo regaló el librero más generoso de Suiza, Thomas Liechti, hispanófilo recalcitrante al frente de LibRomania, sita en la Länggassstrasse de Berna, que cuando supo que estaba pasando, allá por el invierno de 2005, una temporada en Zúrich, me invitó a tomar un tren, a café con pastitas y me obsequió con varios libros: el mencionado diccionario, dos traducciones de Rafael Chirbes al alemán, obra de Elke Wehr y Dagmar Ploetz, y la traducción que Peter Handke hizo de un libro extraordinario de Emmanuel Bove, Bécon-les-Bruyères, que a su modo es también un diccionario, un repertorio breve de la miseria o lo que no se ve.
Decía antes que mi última obsesión es el Aga magera difura, pero comoquiera que he tenido que levantarme para consultar un diccionario, acabo de darme cuenta de que he mentido, o mejor, de que he cambiado de obsesión. En la página 151 del Berndeutsches Wörterbuch, que empieza con Gschlargg y acaba con Gschoui, ha aparecido una nota escrita por otra persona (no es mi letra) en la que se lee: «Cf. Paul Guérin, Dictionnaire des dictionnaires».
Investigo y les cuento otro día.