Traductología
Por Gonzalo García
Pero si por un lado la fórmula del humor sostiene que el grado de diversión es inversamente proporcional al de su repetición, también la intensidad es un factor que debemos tener en cuenta: un solo fiasco puede arruinar un buen espectáculo, quizá más que la reducción progresiva de la hilaridad. Cuando Anna y Rüdiger hablan del temible vigilante del cementerio, también se ríen:
—¿Sabes cómo se llama? ¡Geiermeier!
—¿Cómo? —preguntó Anton.
Anna se rió saltando alternativamente sobre cada uno de sus pies.
—Geiermeier, aun con bata te pareces a una rata —cantó ella.
Si el lector ha sentido que la cantinela de Anna lo hacía tamborilear tanto como a ella, puede buscar la clave en el ritmo binario: Gé-ier-mé-ier / áun-con-bá-ta / tè-pa-ré-ces / aú-na-rá-ta. (Como en todo, el valor de las traducciones se mide más por los detalles y las redes audibles pero ocultas, que por lo evidente o aparatoso.) Pero canciones aparte, ¿por qué se ríe Anna?
Por un lado, está el retintín de apellidarse Geiermeier, o Tiroliro, o Garcibarci: por la sola estructura de la palabra el lenguaje está volviendo atropelladamente al primer plano, nos despierta, rompe la lisura de la ficción o de la realidad cotidianas y, por tanto, llama a la sonrisa. Por otro lado, además, resulta que Meier es una terminación habitual de muchos apellidos alemanes (aparte de un apellido por sí mismo) y que Geier es ‘buitre’. ¿Ese vigilante del cementerio no es el que caza sin descanso a los vampiros, estaca en mano, para liquidarlos?, ¿a unos vampiros que están muertos y que, según se dice repetidamente en la novela, huelen tremendamente mal… quizá como la carroña? Pero aun así, ¿qué se le puede haber perdido a ningún posible Buitráguez por esos nortes brumosos?
Cada traductor tiene sus librillos y yo, por mi parte, tiendo a preferir los coherentes: que no se traduzca ningún nombre (sobre todo si se trasladan las posibles bromas por otros medios), que se traduzcan todos. No será la primera vez, por cierto, que lo traducido es más coherente y, en ese ámbito, más hermoso que lo original.
Pero en la traducción comercial hay más factores, aparte de las vueltas que dé la centrifugadora mental del trujamán de turno. Y alguno de los más llamativos afecta tan de pleno a la traducción de los nombres propios, que con la Ley hemos topado:
Harry Potter, names, characters and related indicia are copyright and trademark Warner Bros, 2000™.1
Por alguna extraña razón, la versión española es más precisa, mayúscula y morosa:
El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como de todos los símbolos y elementos relacionados, son propiedad de Warner Bros, 2000.2