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Lunes, 16 de agosto de 2010

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Crítica

A autor premiado, traductor criticado

Por Rafael Carpintero Ortega

Cuando le concedieron el Premio Nobel a Orhan Pamuk estaba en casa poniendo la mesa. De repente, el teléfono empezó a sonar sin cesar y no daba abasto para responder hasta que mi mujer me convenció de que lo dejara y comiera de una vez. En ese rato me había comprometido a escribir un par de reseñas periodísticas antes de las cinco y me habían entrevistado para varias emisoras de radio. En una de esas entrevistas, mientras esperaba a que llegara mi momento, le dije a la persona que había al otro lado del hilo que si querían hablar con el jugador suplente porque no podían contactar con el titular. Su respuesta me hizo mucha gracia a pesar de su lógica: «Mejor, el jugador suplente habla en un idioma que todos entienden y eso es fundamental en la radio». Podríamos entrar ahora en la discusión de las típicas metáforas del traductor como violinista, actor y demás, pero no es esa mi intención. Esa misma noche ya se había acabado el interés y el traductor pasó a un humilde segundo plano.

Segundo plano que mucha gente dedicó a leer libros de Pamuk. Esa es otra de las consecuencias de los premios, a la gente le da por leer los libros del autor en cuestión para ver si de verdad merecía tanta albórbola o porque se los han regalado siguiendo la tradición. Y eso, inevitablemente, deja expuesto al traductor. Por lo general, o al menos ese es mi caso, los lectores reaccionan con un agradecimiento que abruma y en la era de Internet no es raro que escriban para comunicarlo. Como uno no era consciente de haber hecho nada extraordinario le cede el mérito humildemente al autor del original. Para eso estamos.

Pero también sucede lo contrario, y no me refiero exactamente a aquellos lectores a quienes, directamente, no les gusta la traducción sino a un mecanismo mucho más sutil. Cuando el premio es importante, como el Nobel, se asume que el autor tiene que ser necesariamente magnífico; en caso contrario, una institución tan seria como la Academia Sueca no le habría premiado. Por lo tanto, y ahora viene el silogismo, teniendo en cuenta que el autor debe de ser bueno, como lo demuestra el que esos señores de Suecia lo hayan premiado, y dado que yo soy un lector tan exigente por lo menos como ellos, si a mí no me gusta la culpa es necesariamente del traductor.

No suelo entrar en polémicas cuando leo la típica crítica en la que alguien dice, sin saber la lengua original, que él habría traducido tal cosa así o asá. Las leo porque a veces son muy razonables y de todo se aprende. Sin embargo, sí participé en un debate que acabó siendo muy educado y razonable porque, entre otras cosas, se me acusaba como traductor de las técnicas postmodernas usadas por el autor. Podía considerarme culpable de otras cosas, pero no de eso. Así que no me quedó más remedio que defenderme y defender a mi autor con el sólido argumento de «si no le gusta, nadie le obliga a leerlo». El resultado fue tremendamente instructivo pero tuvo unas consecuencias inesperadas: que se dudara de que soy español (alguien alabó irónicamente mi esfuerzo por liberar mi lengua de «iberismos») y, en suma, de que yo fuera yo, tomándome por el responsable de la página web donde se publicó el debate.

Los traductores somos un cabeza de turco muy asequible, a veces nos equivocamos y no siempre nuestro estilo particular es del gusto de todos, pero habría que darle al César lo que es del César y no deberían adjudicársenos culpas que no son nuestras. Un premio incrementa enormemente el número de lectores de un autor y sus traducciones, pero ni el uno ni las otras tienen que gustarnos obligatoriamente. Se me viene a la memoria una viñeta antigua de uno de esos libros de la colección RTVE (si mal no recuerdo, se titulaba algo así como Humor gráfico español del siglo xx) en la que un vendedor ambulante anunciaba un periódico gritando: «Pa presumir de erudito». No presumamos de eruditos a costa del traductor porque, muchísimas veces, es él quien tiene razón.

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