Cuando Antón Pávlovich se perdió en El túnel
Por Fernando Sorrentino En el capítulo 24 de la novela El
túnel (1948), de Ernesto Sábato, al narrador-protagonista en primera persona (Juan
Pablo Castel) el personaje llamado Hunter le presenta a:
(...) una mujer flaca que fumaba con una boquilla
larguísima. Tenía acento parisiense, se llamaba Mimí Allende, era malvada y miope.
En el capítulo 25 se produce una especie de
contrapunto entre la desazón del protagonista (que, obsesionado por la ausencia de María
Iribarne, no presta mayor atención al diálogo entre Mimí y Hunter) y unas digresiones
bastante divertidas en torno de distintos aspectos del arte, de la novela policial y de
cuestiones de traducción.
Aunque Sábato pretende mostrarnos a Mimí no
sólo como persona insoportablemente afectada sino también como cultora del desatino, lo
cierto es que a pesar de las intenciones de tan angustiado intelectual lo que
ella afirma resulta muy sensato:
Yo leí una vez una traducción francesa de
Tchékhov donde te encontrabas, por ejemplo, con una palabra como ichvochnik (o
algo por el estilo) y había una llamada. Te ibas al pie de la página y te encontrabas
con que significaba, pongo por caso, porteur. Imagínate que en ese caso no se
explica uno por qué no ponen en ruso también palabras como malgré o avant.
Creo que Mimí tiene toda la razón del mundo y
que precisamente ésa es la opinión de Sábato (sólo se trata de un caso no
infrecuente en que el literato, olvidando la psicología de su personaje, pone en
boca de éste palabras que pertenecen al autor pero no al personaje).
Ahora bien, Hunter entiendo que también
muy juiciosamente le objeta a Mimí:
Te vuelvo a repetir, Mimí, que no hay
motivos para que digás los nombres rusos en francés. ¿Por qué en vez de decir
Tchékhov no decís Chéjov, que se parece más al original?
Muy bien. Hunter abstracción hecha del
pleonasmo te vuelvo a repetir está en lo cierto. Pero ¿qué diablos
significa la grafía Tchékhov?
Si el lector está ligeramente familiarizado con
la lengua francesa, se dará cuenta de que deberá pronunciar algo muy parecido a
tshejóv, según la costumbre gala de darles terminación aguda a los apellidos
extranjeros.
Pero, si el lector es un humilde monogloto que
sólo entiende el español, leerá la grafía Tchékhov como si sonara tchékov
o, más probablemente, tchékob. Con lo cual habrá inventado un escritor
inexistente.
Digamos que Sábato ha confundido el campo
acústico de los fonemas que oímos con el campo visual de los signos gráficos
convencionales que llamamos letras. En rigor, para expresar cabalmente lo que quiso
decir, debería haber escrito que Hunter dijo:
¿Por qué en vez de decir Tshejov no decís
Chéjov, que se parece más al original?
Eso mismo opino yo. Sábato tiene razón en el
concepto, pero lo transmite de manera equivocada. |